CUANDO SENTIMOS QUE NADIE ENTIENDE NUESTRO DOLOR

Por: Dr. Hugo Castelblanco Sierra
hugo.castelblanco@gmail.com

Sabemos que EXPRESAR las emociones, sentimientos, sensaciones o vivencias que experimentamos durante nuestro duelo, es no solo la más sabia de las decisiones, sino fundamentalmente, la forma más efectiva de normalizar ese estado de exaltación que tanto nos agobia tras una pérdida significativa. Sin embargo, en muchas circunstancias no se nos está permitido expresar nuestro desagrado, ira, miedo , tristeza, frustración o desolación ante la pérdida, o sentimientos aún más complejos como la culpa o la desesperanza, que  a pesar de que generalmente no tienen ningún sustento lógico, dificultan de manera importante nuestro trabajo de duelo. Cuando esta situación se presenta, decimos que tenemos un duelo inhibido, que prolongaremos en el tiempo, hasta dejarlo sumergido en lo más profundo nuestra consciencia. Hemos decidido convertirnos en sufrientes.

En muchas ocasiones, la única oportunidad que tienen las personas en duelo para expresar lo que sienten, de manera pública, es durante los ritos fúnebres, cuya principal función es acompañar a las personas en duelo, brindándoles además validación emocional, es decir, permitiéndoles que mediante su llanto, su queja y la expresión libre de sus creencias, puedan manifestar de manera personal y pública su dolor. Este es un momento que, cuando es acogido y respetado por el entorno familiar y social del duelista, contribuye de manera decidida a simbolizar que ha concluido una etapa importante de nuestras vidas y que se debe dar inicio a una nueva, mediante la aceptación integral de la pérdida y la adaptación a un nuevo entorno, en el cual ya no estará presente nuestro ser querido de la manera acostumbrada. Muchos de los trastornos emocionales que vive hoy la humanidad después de la pandemia, la primera a nivel mundial, tuvieron su origen en la imposibilidad de realizar los ritos funerarios ante el riesgo de contagio que representaban. El mundo entero enfocó sus esfuerzos de manera lógica y urgente a encontrar la vacuna para el COVID y a precisar la mejor manera de tratarlo. Todo fue nuevo. No había antecedentes para este flagelo. Sin embargo, no se le brindó similar cuidado a los trastornos que las múltiples pérdidas, el aislamiento y la negación pública de la pérdida, ocasionaron en los años subsiguientes: la Pandemia Emocional. Como consecuencia de esto, muchos seres humanos tuvieron que inhibir su duelo o expresarlo en soledad.

Si bien estos fueron momentos excepcionales que ocasionaron mucho dolor y desconcierto a los seres humanos, debemos reconocer que el duelo que no se comparte, el duelo silencioso y solitario, es más frecuente de lo que pensamos. Muchas veces nos hemos sentido obligados a esconder, ocultar o simular nuestras emociones y cargar con nuestro dolor a solas, porque las personas que nos rodean, ya sea de manera implícita o explícita, no son receptivas a nuestro sufrimiento.

El problema es que cuando el dolor no se comparte ni se expresa, es probable que termine encriptándose. Por eso, los duelos inhibidos pueden terminar siendo duelos no oportuna ni suficientemente elaborados, que nos acompañan durante mucho tiempo con el consecuente deterioro de nuestro equilibrio emocional. El duelo inhibido, nos hace sentir solos e incomprendidos, sin apoyos a los cuales aferrarnos, mientras atravesamos una época particularmente difícil desde el punto de vista existencial. Por otra parte, aunque el duelo nunca puede considerarse una enfermedad, el hecho de reprimirlo, puede propiciar el resurgimiento de algunos trastornos emocionales previos o el despertar de una condición patológica latente no identificada anteriormente. En tales casos, el acompañamiento deberá complementarse con el apoyo psicoterapéutico y algunas veces médico, con el fin de nivelar la expresión de la enfermedad que se ha despertado y, además, con el apoyo psicológico especializado para acompañar el trabajo de duelo. Este deberá ser un trabajo colaborativo entre el especialista en acompañamiento del duelo y el profesional que atenderá el trastorno emocional asociado. 

Anotemos también, que la tristeza propia del duelo, por extrema que parezca, no debe ser tratada como una depresión clínica. Otro tanto podemos afirmar con  relación a la ansiedad propia del duelo, que es sana y lleva al duelista a buscar ayuda y a elaborar respuestas, con la ansiedad patológica o generalizada que tiene orígenes diferentes y que es de manejo psicoterapéutico y, en ocasiones, médico. Similares consideraciones debemos hacer en torno al Estrés Postraumático que aparece en algunos dolientes, con imágenes generadoras de pensamientos y sentimientos intrusivos derivados de muertes intempestivas o violentas.

Otro aspecto que debemos citar aquí es el que tiene que ver con la necesidad de recuperar el ritual del sueño, que sufre importantes alteraciones en los primeros días del duelo y que antes de ser manejado con ayuda farmacológica, aconsejable solo en casos extremos, debe ser gestionado mediante el estímulo de acciones y procedimientos de índole rutinaria y de manejo doméstico. 

Situaciones y condiciones que pueden propiciar la inhibición o el aplazamiento del trabajo de duelo. 

  1. Las circunstancias de la muerte del ser querido

Las emociones de desagrado, enfado o miedo, aparecen en los primeros días con niveles agobiantes y terminan generando en el duelista una profunda tristeza.  Adicionalmente y de acuerdo con las circunstancias que rodearon la muerte del ser querido, en ocasiones no son reconocidas plenamente, bien sea por temor a perder el control sobre ellas o porque imaginamos que si las expresamos de manera honesta y sincera, podrían ser motivo de afectación para otras personas de nuestra familia o nuestro entorno. Pero la verdad es que estas emociones requieren ser expresadas de diversas formas, para que sean identificadas y plenamente y sanadas. De lo contrario, actuarán como fuertes barreras que se opondrán al trabajo de duelo y a la posibilidad de que este pueda ser acompañado. 

Como resultado de esta actitud, el trabajo de duelo puede demorarse de manera significativa o finalmente eludirse de manera indefinida. En el caso del duelo de los familiares y allegados a una persona que ha tomado la decisión de quitarse la vida, se observa en algunos casos, desde una negación hacia el hecho mismo, afirmando que se trató de un accidente, hasta una actitud manifiesta de evadir cualquier trabajo de duelo, algunas veces motivada por un profundo enfado, o por temor a que el suceso se repita o incluso por vergüenza con el entorno familiar y social. 

Los duelos perinatales, aunque cada día están siendo más reconocidos y tratados, han formado parte también de esa cultura de negación o minimización de la pérdida, auspiciada por el entorno familiar. La pérdida de una mascota también suele conducir a un duelo minusvalorado o desautorizado, porque las personas que nos rodean no consiguen entender, ni mucho menos empatizar con el dolor de esa pérdida  tan profundo, y nos animan a pasar la página lo antes posible. La pérdida del trabajo, la separación de la pareja o el fracaso de un emprendimiento o proyecto profesional, son otros ejemplos de pérdidas para las cuales, con frecuencia, no encontramos resonancia en nuestro entorno familiar o social. 

“Sé fuerte”, “No vale la pena que sufras por él”, “No llores más, que te hace daño y nos hace sufrir a todos”, “Eres joven y puedes encargar un nuevo hijo” o “Cómprate un nuevo perrito y no sufras más”; son algunas de las frases frecuentes, dichas muchas veces con la mejor intención, para invitarnos a no prestarle demasiada atención a estas pérdidas. Esta presión e incomprensión del entorno del doliente, puede propiciar la negación o el aplazamiento indefinido del trabajo de duelo.   Otras personas, pertenecientes incluso al núcleo de los amigos cercanos, pueden decidir alejarse, víctimas del estupor ante lo sucedido, o porque siente que no tienen la palabra adecuada, o porque piensan equivocadamente que así molestarán menos. Esto termina generando desconcierto en el doliente, que no comprende la actitud pasiva o indiferente que manifiestan algunos de sus amigos. 

  1. Los factores de personalidad

La formación de la personalidad, si bien es el resultado de varios factores, está determinada principalmente por factores hereditarios, culturales y educacionales que empiezan a tener influencia en nosotros desde los primeros años de vida. 

Algunas  personas han crecido con mensajes de sus padres y figuras de autoridad que desautorizan la expresión de lo afectivo, mientras priorizan la importancia de lo normativo, o viceversa. En ambos casos, las personas reciben una formación desequilibrada del apego, que hace que manifiesten comportamientos inseguros o agobiantes ante los retos que les plantea la vida en su edad adulta. Ante una pérdida significativa, estas personan creen que manifestar el dolor o mostrarse vulnerables y pedir ayuda es algo negativo y, como resultado de ello, eluden el trabajo de duelo y optan por ocultar sus emociones y sentimientos. Cuando les preguntamos ¿Cómo te sientes?, invariablemente nos responderán: “Bien, todo está bajo control”.

El equilibrio entre el sentirse perteneciente a una familia que nos ama y que además nos ha brindado la suficiente autonomía para explorar el mundo y tomar nuestras propias decisiones, favorece la formación de una personalidad madura y libre que nos permite afrontar con dignidad el trabajo de duelo, cuando las experiencias de pérdida así lo demanden.

  1. Los factores culturales del entorno

No podemos ignorar que gran parte de nuestro entorno social considera la muerte como: “Una dolorosa realidad que padecen generalmente los demás.” La muerte, piensan algunos, es algo que nos saca de la “normalidad” y por lo tanto no debe ser tema de nuestras reflexiones habituales. Vivimos en medio de una cultura que evade lo fundamental, que minimiza o convierte en mágico lo ritual y prioriza la fortaleza y la entereza de carácter sobre la vulnerabilidad, la flexibilidad y la apertura al cambio. Lo verdaderamente real a este respecto, es que el trabajo de duelo no debe nunca negarse, dado que es la oportunidad de madurar emocional, mental y espiritualmente, para hacer cambios fundamentales que llenen de sentido nuestra vida. Para muchos de nosotros, ha sido el despertar de un profundo sueño, para aprender a vivir la vida tal como es, maravillosa, exigente y sorprendente. 

  1. La falta de formación sobre lo que significa el trabajo de duelo

Afrontar el dolor de una pérdida, sin duda, es un trabajo que demanda esfuerzo y perseverancia, pero hoy en día tenemos mucha información autorizada y efectiva para hacerlo de una manera oportuna, efectiva y responsable. Si sentimos que nuestra pérdida ha sido desautorizada, minimizada o negada, bien sea por nosotros mismos o por nuestro entorno familiar o social, debemos recurrir a fuentes certificadas para solicitar su escucha y acompañamiento. Hay una gran verdad que escuchamos en los primeros días de nuestro trabajo de duelo: “Dolor compartido es dolor diluido”.

Si en nuestro entorno familiar o social no contamos con una persona que pueda escucharnos, podemos buscar un grupo de apoyo. La validación emocional y el acompañamiento que recibimos de otros que afrontan una situación similar a la nuestra o que se  han capacitado para acompañarla con efectividad, facilita la normalización de nuestras emociones, responde a nuestros “por qué” y nos prepara para adaptarnos a una vida de crecimiento integral. 

La verbalización de nuestras emociones alteradas, cuando la podemos hacer libremente, nos permite identificar lo que sentimos con claridad y nos propone estrategias para sanar. Nuestros “por qué” o nuestros “si hubiera”, son escuchados por otros que también se los han cuestionado y que, desde su propia perspectiva, pueden aportarnos respuestas diferentes a la que hemos venido “rumiando” para victimizarnos. 

Acompañar el trabajo de duelo no consiste en aconsejar, sermonear o comparar experiencias. Acompañar, es un acto de escucha activa y amorosa que nos estimula a encontrar nuestras propias respuestas, dado que cada duelo es diferente. Es claro que si lo solicitamos, también podemos recibir información importante de quienes atraviesan por una experiencia de pérdida similar  a la nuestra. 

  1. La exclusividad del dolor del duelo

Nuestro documento de identidad es único, diferente y totalmente intransferible. Pues bien, sobre el dolor generado por una pérdida, podemos decir casi otro tanto: es único, diferente…, pero no totalmente intransferible. Expliquemos esa sutil diferencia. Quienes te escuchan, pueden intentar comprender una parte de lo que estás viviendo, pero nadie puede sentir lo que tú sientes. Nadie puede cargar sobre sus hombros tu dolor, nadie puede reemplazarte en el trabajo de duelo, pero sí pueden ayudarte a expresarlo. 

No tienes por qué justificar, comparar o inhibir tu dolor, solo debes expresarlo con intensidad, honestidad, libertad y oportunidad.

Por otra parte, quienes acompañamos el trabajo de duelo, si bien nunca podemos entender en su totalidad el dolor del otro, si podemos acercarnos respetuosamente a su experiencia, para escucharla, respetarla y, si es el caso, compartir aquellas decisiones o acciones que han sido benéficas en casos similares.  

Tomemos consciencia de estas barreras que pueden inhibir nuestro trabajo de duelo, hasta el punto de que lleguemos a decir que nadie es capaz de alcanzar ni entender nuestro dolor. Si bien, lo primero es cierto, hay muchas personas responsables, generosas y capacitadas que están dispuestas para acercarse a nuestro dolor, en la medida que se lo permitamos, no solo para tratar de entenderlo y respetarlo, sino para acompañarnos en este duro, pero fecundo viaje que decidimos emprender ante una pérdida significativa.  

5 comentarios en “CUANDO SENTIMOS QUE NADIE ENTIENDE NUESTRO DOLOR”

  1. Muy asertiva. El trabajo de duelo muchas veces se decide eludir por la equivocada premisa cultural «debo mantenerme fuerte por…: (mis hijos, padres, hermanos u otras personas significativas). Es la decisión de autoflagelarse, no mostrar emoción o mantener una aparente normalidad para que otro no sufra. Con ello, sólo se consigue dilatar el proceso de sanar o de transformar el dolor.

  2. Silvio Javier Martínez Hernández

    Gracias Dr. Hugo por el artículo. Refirma mi convicción, en la tarea de escuchar y acompañar a las personas cuando atraviesan duros valles de tristeza soledad provocada por el dolor producido por una pérdida significativa. Su artículo trae a mi memoria la imagen de Jesús en el evangelio que ve a una mujer con su vida en pedazos por la muerte de su hijo único. El evangelio dice que Jesús «se acercó» y «tocó» el féretro del niño muerto. Esta es la clave «acercarnos con respeto y veneración a la experiencia del duelista, tocar su dolor sin asco y sin miedo, sino con ternura y empatía. Se trata por lo tanto de aprender a acercarnos, tocar y escuchar sin negarle al duelista la posibilidad que exprese, sienta, viva su dolor, permitiendole sea el mismo el protagonista de su compresión y trascendencia de la experiencia del dolor resilente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Accede a nuestros conversatorios y entrevistas exclusivas