Por : Dra. Lina Domínguez G.
Psicóloga/Coach Ontológica y acompañamiento del duelo.
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Acompañar a alguien que ha perdido su salud mental, no es solo un acto de cuidado: es un acto de amor profundo. Es caminar junto a una persona cuya enfermedad no siempre se ve, pero se siente. Y en ese caminar, el cuidador también transita su propio duelo: el de la pérdida de la salud, del rol anterior, de lo conocido.
La pérdida silenciosa
La pérdida de la salud mental no siempre es evidente. Muchas veces los síntomas son sutiles, silenciosos, incluso invisibles para quienes no están familiarizados con el tema. En nuestra cultura, y especialmente en países como Colombia, hablar de salud mental en la mesa familiar es todavía algo nuevo. Y por eso, acompañar desde la comprensión, se vuelve un verdadero desafío.
Aceptar esta nueva realidad es el primer paso. No es resignarse, sino tener el valor de mirar de frente una situación que nos duele, que nos confronta y que nos cambia. Solo desde esa aceptación podemos empezar a acompañar de manera genuina.
El rol del cuidador: una presencia que sostiene
Cuidar no es solo estar al lado físicamente. Es reconocer que quien atraviesa una enfermedad mental, es mucho más que un diagnóstico. Es una persona con historia, sueños, temores, necesidades, y muchas veces sin herramientas para salir del lugar en el que se encuentra.
El cuidador, aunque no sea un especialista, se vuelve parte activa del proceso de recuperación. Su rol es vital, tanto para el bienestar de la persona que acompaña como para el suyo propio y esto requiere compromiso, pero también autocuidado.
Porque no se puede cuidar bien, sin cuidarse primero.
Duelo y transformación del cuidador
Acompañar a alguien en su dolor nos transforma. Nos pone a prueba emocionalmente. Y es normal sentir tristeza, frustración, culpa o agotamiento. Reconocer estas emociones no nos hace débiles, nos hace humanos.
Como cuidadores, creceremos al ritmo de las dificultades, aprenderemos a pedir ayuda, a poner límites, a adaptarnos. Conocer nuestras propias reacciones, observar cómo nos afectan ciertas situaciones y darnos espacio para procesarlas, es una parte esencial del camino.
Pedir ayuda también es cuidar
Una de las creencias más dañinas del cuidador es pensar que debe hacerlo todo sola o solo. La realidad es que nadie cuida bien desde el agotamiento o el aislamiento. Contar con una red de apoyo —familia, amigos, profesionales— es necesario para sostener este rol de forma saludable y duradera.
Permitirnos descansar, delegar, hablar de lo que sentimos y buscar apoyo psicológico, no es un lujo, es una necesidad. Reconocer nuestras limitaciones es un acto de humildad y amor propio.
Ser compañía es un acto de humanidad
Así como una persona no es definida por cómo murió, tampoco es definida por un diagnóstico de salud mental. Detrás de cada historia, hay dignidad, hay vida, hay luz. Y detrás de cada cuidador o cuidadora, también hay una historia que merece ser escuchada, cuidada y honrada.
Ser buena compañía, no es tener todas las respuestas. Es estar presente, con empatía, con paciencia, con escucha. Es sostener sin invadir. Es cuidar sin perderse. Es un acto profundamente humano.
Reflexiona:
- ¿Qué emociones te despierta tu rol como cuidador o cuidadora?
- ¿Cuándo fue la última vez que pediste ayuda para ti?
- ¿Qué necesitas hoy para seguir acompañando con amor y equilibrio?
Con todo el amor,
Lina T. Domínguez G.
