Por : Dra. Natalia Jara Lezana. Psicóloga Clínica, Coach en Liderazgo Efectivo, Especialista en Psicoterapia infantojuvenil, adultos, adulto mayor. psiconatalia.jara@gmail.com / https://controlpsicologanataliajara.site.agendapro.com/cl
Cuando hoy en día nos enfrentamos a la pérdida de un ser querido o una perdida emocional de algo que para nosotros es importante, se nos obliga en cierta forma a “despedir”, “cerrar el ciclo” o “llorar rápido”, debido a que hay que retomar la cotidianidad y seguir adelante, “porque así es la vida”.
Vivimos en una sociedad cada día más apartada del sentir, del expresar con palabras y gestos el cómo nos sentimos frente a la pérdida, transformándose finalmente en una “carga” vivir el dolor en silencio sin que nadie nos vea, nos escuche o nos sienta; en un mundo cada día más ajeno a la empatía y la comprensión.
En mi trayecto laboral, he tenido el gusto de poder acompañar a diferentes duelistas en este proceso de dolor, percatándome de una característica en común a la que se ven enfrentados: la comparación emocional del tipo de dolor, una especie de construcción de escalas de duelo. Por ejemplo, refieren que no es lo mismo que un padre o madre pierda a su hijo v/s que una hermana pierda a su hermano. No es lo mismo que una joven gestando pierda a su bebé en el vientre o al nacer. No es lo mismo perder a un abuelo, que perder al padre, al esposo, a la esposa, etc., y así nos vamos llenando de comparativas, con una escala de valores que ha sido construida social y culturalmente, limitándonos a la expresión, olvidando que cada persona vive su duelo de forma distinta y para cada uno es importante, independiente de cuál pueda ser la pérdida.
Respecto del duelo en gestantes o en etapa de crianza:
Recuerdo a las mujeres, madres que me ha tocado acompañar, escucharlas lidiar no solo con la pérdida, sino con cuestionamientos y comparaciones de su dolor, donde les ha tocado escuchar: “pero al menos era chiquito el embarazo, hubiera sido distinto si era más grande”, “ya vas a tener más bebés”, “por algo pasó”, “al menos tienes otro hijo”, “quizás no te cuidaste”, “si lo lloras, no dejarás que descanse”, etc. Y nos vemos enfrentados a un dolor pausado, a una serie de cuestionamientos gratuitos sumados a mi proceso de dolor, donde me siento sola, no comprendida; donde tengo que retomar mis actividades laborales, familiares, como si nada hubiera sucedido. Finalmente, me encierro, no comparto mi dolor, no lo expreso, no lo hablo, volviéndose un círculo vicioso que no me permite sanar y avanzar.
Y ahora nosotros, ¿Cómo podemos acompañar?…
Primeramente, con un corazón dispuesto, con una escucha activa, sin enjuiciamientos, permitiendo que la persona que tenemos en frente pueda expresarse libremente y hablarnos de su dolor, de cómo lo vive, lo piensa, lo siente, lo lleva, etc., acompañar el proceso también con una visita, una llamada, una invitación, entregando amor y respeto por lo que está viviendo. Permitir también esos silencios o peticiones de espacio, que muchas veces necesitamos, para poder reorganizarnos, procesar y poder atender a aquello que sentimos y pensamos.
Y para finalizar,
Te invito a desarrollar una de las tareas más maravillosas que da inicio al proceso de sanación, que tiene que ver con el sentir, el poder expresar tu dolor con naturalidad, atreverte a hablar de aquello que vas viviendo, de los miedos que subyacen a esta pérdida y cómo visualizas tu futuro. Permítete amar y ser amada/o, cuidar y ser cuidad/o y buscar ayuda profesional si es necesario. No olvides que eres un agente importante en tu proceso de cambio y sanación, que no estás sola/o en este caminar…
Recuerda que: “cuando el dolor es expresado y compartido, es más llevadero”.
