Por: Psico. Milena Casas
@psicologa_milena.casas (Instagram – Youtube)
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Petete era el perro de mi abuelo; siempre subía al portón de la casa a eso de las cinco de la tarde a esperarlo, para luego bajar juntos hasta la residencia. Cuando mi abuelo se sentaba en la mecedora a descansar, Petete se le echaba a sus pies y cuando murió, recuerdo que mi abuela comentó que Petete siguió subiendo al portón a esperar a mi abuelo por algún tiempo. Me imagino que mientras el perro entendió y se acostumbró a que mi abuelo ya no regresaría más a las cinco de la tarde, como era su costumbre. Los animales de compañía y los humanos solemos crear lazos de afecto que se convierten en una parte activa y significativa dentro del núcleo familiar… una parte importante de lo que llamamos: “Nuestros seres queridos”.
La relación con los animales de compañía es estrecha por las rutinas que establecemos con ellos para la comida, los paseos diarios, las idas al veterinario, baños y muchas otras cosas que ocupan parte de nuestro tiempo de vida en el bienestar de estos seres y en nuestro propio bienestar. A cambio, ellos nos brindan cariño, compañía, soporte emocional, empatía… son parte importante de lo que entendemos como nuestro sentido de vida. Esto puede ser difícil de entender para algunas personas, pero, lo cierto es que es así y en el caso de algunos adultos mayores, el tener un animal de compañía puede generar, sin duda alguna, una mejor calidad de vida emocional; justamente porque hay una comunicación con ellos, un sentido de responsabilidad y protección mutua. Por esta razón, cuando un adulto mayor pierde a su animal de compañía, puede entrar en un duelo profundo; sin embargo, en ocasiones, su entorno no logra darse cuenta de la magnitud de la pérdida.
Un animal de compañía puede llegar a verse como un amigo, un hermano, incluso, para muchos como un hijo; entonces, cuando este muere, esa persona que sufre la pérdida puede estar sintiendo que perdió un amigo, un compañero, un hermano, o tal vez un hijo; que estemos de acuerdo o no con eso, no es algo que se debatirá en este artículo, lo cierto es que así se puede llegar a sentir una persona que pierde a su animal de compañía y es lo que quiero validar.
Así como cuando perdemos a un ser querido humano se pierden rutinas, se reasignan los roles y se redirecciona nuestro sentido de vida, con la pérdida de un animal de compañía también; y en el caso de los adultos mayores, estos seres pueden llegar a ser la compañía diaria, por lo que la pérdida es profunda y muy significativa.
La historia de Petete, el perro que esperaba cada tarde a mi abuelo en el portón, no es solo un recuerdo entrañable: es un testimonio de cómo nuestros animales tejen su existencia en la vida de los adultos mayores, convirtiéndose en pilares emocionales, sociales y hasta físicos. Cuando estas compañías peludas desaparecen, no solo se va un animal, sino un pedazo de identidad, rutina y sentido de vida. Este artículo explora las dimensiones olvidadas de este duelo y ofrece herramientas concretas para acompañarlo con empatía.
1. Aspectos únicos del duelo en adultos mayores
A. El animal de compañía como «eje vital»
- Rutina y propósito: Para muchos, el cuidado de su mascota (paseos, horarios de comida, etc.) era su estructura diaria. Su pérdida puede derivar en desorientación o apatía. Para todo ser humano, las rutinas son de vital importancia y para un adulto mayos, un animal de compañía puede ser generador de muchas rutinas, que lo activen física y mentalmente. Por lo tanto, perder a su animal de compañía, puede ocasionar un vacío y una sensación de despropósito.
- Compañía emocional: En esta etapa, las mascotas suelen ser sus principales confidentes, especialmente si viven solos o han enviudado. El lazo afectivo que se puede generar con un animal, puede llegar a ser muy especial. Para un adulto mayor, tener un animal en casa, puede ser fuente de afecto y comunicación, por lo que perder su compañía ahonda el sentimiento de soledad.
B. Vulnerabilidad física y emocional
- Aislamiento: Si el adulto mayor ya tenía movilidad reducida y su vida social era poca o nula y la mascota era su «puente» al mundo exterior (ej.: conversaciones con otros paseadores de perros), se suma otra pérdida y es que no solo ya no está su compañero, sino que ahora no tiene ese puente de conexión con otros, lo que lo puede llevar al aislamiento, que a su vez incrementa situaciones como la rigidez física y que las habilidades cognitivas se vayan desmejorando.
- Duelo acumulado o silencioso: La pérdida de un animal de compañía para un adulto mayor, puede reactivar duelos anteriores (muerte de la pareja, amigos, pérdida de autonomía), intensificando el dolor. Si una persona no ha tenido o no tiene espacios de expresión afectiva, la pérdida de estos compañeros puede remover todos esos sentimientos que no han sido validados, normalizados o expresados, incrementando la posibilidad de que su sufrimiento sea mayor. De igual manera, muchos minimizan su dolor por miedo a ser una «carga», o porque creen que «a su edad deberían estar acostumbrados», o porque “no deberían ponerse mal por un simple animal”. Estas ideas pueden limitar mucho la posibilidad que un adulto mayor haga el duelo de una manera sana por su animal de compañía, incrementando el sentimiento de soledad y aislamiento.
2. Cómo acompañarlos: Estrategias prácticas
A. Validar su dolor: Reconocer que la muerte de un animal de compañía es dolorosa e importante, puede ser de gran ayuda para que un adulto mayor transite su pérdida. Ser empático con lo que siente, sus miedos y las preguntas que puedan surgir frente al dolor o muerte de su animal de compañía, son importantes y hay que darles espacio.
- Evitar frases como: «Era solo un animal», «Pide otro, así te distraes».
- Decir mejor: «Sé que era tu compañero fiel», «Es normal que lo extrañes».
B. Reconstruir rutinas: Ayudarles a que poco a poco, reconstruyan nuevas rutinas, no necesariamente con otro animal de compañía, pero que nuevamente vayan reconstruyendo su propósito de vida.
- Reemplazar actividades vinculadas al animal de compañía:
- Si paseaban al perro: proponer caminatas cortas a la misma hora «en su memoria».
- Si limpiaban el arenero: ayudarles a transformar ese espacio (ej.: poner una planta).
C. Rituales de despedida: Ayudar a crear rituales de despedida y permitirles participar o realizar estos, puede ser de gran ayuda para expresar y validar sus sentimientos frente a la pérdida.
- Memoriales tangibles: Enmarcar una foto, guardar su collar en una caja especial, plantar un árbol en el jardín, invitar a familiares y amigos para hacer un funeral de despedida.
- Escritura terapéutica: Animarlos a escribir una carta o lista de «momentos felices» con su mascota.
D. Vigilar señales de riesgo: No suponer, ni dar por hecho nada. Hay que estar acompañando y viendo si hay algo que puede estar afectando más de lo normal, para poder brindar ayuda y acompañamiento a tiempo.
- Depresión: Pérdida de apetito, desinterés por actividades que antes disfrutaba.
- Deterioro físico: Dejar de tomar las medicinas o descuidar su higiene personal.
El duelo por un animal de compañía en la vejez, no es un tema menor: es un duelo por el amor que ya no ladra, por las rutinas que ya no estructuran, por la identidad que se desdibuja. Acompañarlo, requiere mirar más allá del «era solo un animal» y reconocer que, para muchos adultos mayores, ese ser era el testigo de sus mañanas y el guardián de sus noches.
Invito a reflexionar:
- ¿Cómo podemos crear comunidades que validen estos duelos?
- ¿Qué pequeño gesto puedes hacer hoy por alguien que extraña a su compañero peludo?
Y recordemos, como escribió un anciano en una carta a su perro fallecido: «No eras toda mi vida, pero hiciste que toda mi vida valiera la pena».
