Por : Dra. Ofelia Laura López
Psicóloga Especialista en duelo, psicooncología y acompañamiento a adolescentes, adultos y poblaciones con diversidad funcional
Fundadora de Shakti- Psicología y terapias holísticas / psicologiayterapias.shakti@gmail.com
En nuestra sociedad atravesamos duelos casi a diario. La muerte de algún amigo, un familiar, un conocido, un vecino, incluso personas que no conocemos, pero cuyas historias llegan a nosotros a través de los medios de comunicación. Ante estas pérdidas, solemos detenernos un instante y pensar: “qué pena, pobre su familia” y luego continuar con nuestra vida.
Otras veces, nos gana la verborrea y opinamos sin conocer el trasfondo, guiados por nuestra “gran sabiduría y conocimientos” (en temas de los cuales muchas veces no somos expertos, pero que creemos conocer, porque le ocurrió a algún conocido). Lo cierto es que nuestras opiniones y cuestionamientos suelen nacer desde nuestras propias vivencias.
Entonces, ¿dónde queda la empatía cuando se trata de pérdidas que no son visibles, aquellas que no dejan un vacío concreto y palpable ante los ojos de los demás? Cuando no hay un ataúd delante del cual llorar diciendo “era buena persona”, “tenía tanta vida por delante”. La sociedad nos prepara para despedir a quienes mueren, pero no para llorar por quienes nunca llegaron.
Este es el caso de la infertilidad: un duelo poco comprendido, muchas veces cuestionado, otras tantas invadido y, en muchas más, invisibilizado; porque cuestionamos desde la edad, la cultura, el género, la situación económica y hasta las condiciones físicas de quienes lo atraviesan.
Dolor, Con Volumen Apagado
La infertilidad no es solo un diagnóstico médico. Es una experiencia física, emocional, social y espiritual que marca profundamente. Cada intento fallido, cada préstamo de dinero para un tratamiento que no prospera, cada menstruación que llega anunciando otra derrota, se vive como una pérdida íntima y desgarradora.
El cuerpo recuerda y se reprocha, la mente insiste y se cuestiona y el corazón… el corazón se rompe en mil pedazos, sin hacer ruido, en total silencio.
La sociedad, el entorno, la familia y/o amigos que pensábamos podían dar consuelo, lejos de
aliviar, suelen intensificar la herida. Las frases repetidas con falsa empatía (y en algunos casos falsa modestia, ya que hacen el favor de “aconsejar”) hieren más de lo que acompañan:
“¿Y para cuándo los hijos? Mira que se te va el tren”, “Inténtenlo de nuevo”,
“Mejor adopten”,
“¿Quién los va a cuidar cuando sean mayores?”, “Aún no están completos, no son una familia”,
“Si no le das hijos, te va a dejar”.
Estas frases, dichas desde la ignorancia o el miedo propio, se clavan como recordatorios en una herida abierta, que sangra sin ser vista. Y lo son aún más, cuando uno de los miembros de la pareja tiene hijos de un compromiso anterior:
“Entonces, tú eres el problema” “Hazte ver”,
“Por lo menos tu pareja sí pudo”.
A ello se suman las bromas pesadas de amigos o familiares:
“Si quieres, yo te hago el favor”
“Seguro no sabes cómo hacerlo”.
Comentarios que, disfrazados de humor, en realidad, normalizan el dolor.
En algunos casos, la infertilidad une a la pareja, fortalece los lazos y la comunicación. Pero en otros, se convierte en un quiebre constante: mes a mes, prueba tras prueba, intento tras intento; los resultados no llegan y el peso de la frustración va tensando la relación.
Surgen culpas, la sensación de no ser suficiente para el otro; de no saber si podrán formar una familia sin hijos, los reproches internos de:
“Mi cuerpo no sirve”, “Mi útero falla”,
“Mi esperma no alcanza”.
Y en ese torbellino, también entran los cuestionamientos espirituales y religiosos:
“¿Por qué a mí, si soy una buena persona?”,
“¿Por qué ellos, que no lo merecen, sí pueden tener hijos y yo no?”, “¿Qué hice mal para que Dios me castigue?”.
La fe tambalea y, con ella, la sensación de que el universo ha sido injusto.
Detrás de ese silencio hay préstamos para tratamientos, desgaste emocional, reproches y comparaciones que distancian. El duelo de la infertilidad es un duelo que se esconde, que se calla, que arma corazas para no ser juzgado. Y, con frecuencia, se acompaña de una soledad profunda: aunque haya gente alrededor, la persona que es infértil siente que camina sola con un dolor que nadie quiere mirar de frente.
Factores que Intensifican el Dolor:
A la presión social se suman otros elementos:
- La edad, especialmente en la mujer, vivida como una cuenta regresiva (más aún si ya pasas los 35 o los 40 años).
- El costo económico y emocional de los tratamientos, que son tan caros como inciertos.
- La dinámica de pareja, que puede llenarse de silencios, cuestionamientos, bromas pesadas o indiferencia (donde a veces el amor se siente como una prueba).
- La herida identitaria, al sentir que el valor de una persona depende de poder o no concebir.
- El estigma de género impone en las mujeres la maternidad como sinónimo de realización (“ahora sí estás completa, ahora eres una mujer real”) y a los hombres la paternidad, como medida de virilidad y hombría.
¿Cómo Acompañar lo que no se Ve?
Debemos saber primero que lo que no se ve, también existe y duele. Y justamente, porque la infertilidad es un duelo invisible, el acompañamiento sincero y respetuoso es fundamental.
Evitemos los consejos fáciles con frases como:
“Relájate y ya llegará”, “Intenta una vez más”, “Adopten”,
“Deja de preocuparte”.
“No sé lo que sientes, pero estoy aquí para ti”, “Entiendo que es difícil, ¿quieres que te acompañe?”, “Cuentas conmigo, no necesitas darme explicaciones”.
El acompañamiento no consiste en dar soluciones, sino en ofrecer presencia real, empática y respetuosa. Muchas veces un café compartido, una caminata sin rumbo, un abrazo silencioso, un recuerdo en común o una risa inesperada, una sesión de terapia, valen más que cualquier consejo.
Hacer Visible lo Invisible
Comprendamos que la infertilidad es una pérdida invisible, pero real. Reconocerla, validarla y acompañarla sin juicios, es una tarea pendiente como sociedad y, sobre todo, como seres humanos.
El valor de una persona no se mide por su capacidad de engendrar; comprenderlo es liberador, tanto para quienes atraviesan esta experiencia como para quienes acompañan.
La verdadera empatía no consiste en tener respuestas, sino en caminar al lado del otro con respeto y amor.
La invitación es clara: acompañemos con el corazón abierto, sin adornos ni juicios, con humanidad real. Porque más allá de diagnósticos, etiquetas y silencios, lo que sana no es la solución perfecta, sino la compañía auténtica, incluso en lo que no se ve.
Ofelia Laura López.
Psicóloga Especialista en duelo, psicooncología y acompañamiento
a adolescentes, adultos y poblaciones con diversidad funcional. Fundadora de Shakti- Psicología y terapias holísticas psicologiayterapias.shakti@gmail.com
