VIVENCIAS DE MI DUELO

Por: Beatriz López
Chatalopez2@hotmail.com

Queridos amigos y amigas:

Hoy me dieron libertad para elegir libremente mi tema para la revista, así que he decidido pensar un poco en voz alta y permitirme expresar de manera abierta lo que siente y concluye mi corazón, frente a ese gran dolor que constituyó para mí, la muerte de mi hijo Hugo Alejandro. 

Han pasado ya 34 años, desde aquel día en que mi vida se partió en dos. Una era aquella en la que me sentía feliz en compañía de mi esposo y de mis dos hijos. Me sabía consentida por Dios. Luchábamos, sufría

mos momentos angustiosos debido, especialmente, a los ataques de asma que nuestros hijos padecieron de niños y también como consecuencia de los naturales cambios de la vida, acompañados de las infaltables falencias económicas. Pero pese a todo ello, sin duda, mi vida era una vida muy feliz. 

Cuando sobrevino la muerte de nuestro hijo, sentí que había perdido el rumbo y no estaba para nada claro cuál era el sentido de mi vida. Me sentí inmensamente infeliz y en muchos momentos, traicionada por Dios. No podía comprender cómo unos hombres inconscientes, carentes de valores y huérfanos de todo amor, logran en un momento acabar con la vida y las ilusiones de muchos seres humanos que han luchado por ser mejores, que han amado y que han sido amados. Esas muertes estaban a la orden del día en nuestra patria, las conocía, me dolían en lo más profundo de mi corazón, pero yo me sentía afortunada por no ser parte de ellas. Pero ahora…, la tragedia era protagonista de mi vida, ahora, sentía que formaba parte de ese “lado oscuro”. Había mucho desagrado, otras veces enfado y, en ocasiones, miedo de que se repitiera esta experiencia. Sin embargo, debo decir que no me sentía capaz de albergar rencor o de procurar alguna venganza, solo deseaba alejar a estas personas de mi vida.

Una madre está hecha de hierro forjado, blindada y armada con muchas herramientas para soportar la batalla de la vida. ¿Por qué mueren nuestros hijos? Esa es una pregunta que el amor de una madre nunca se atreve a formular, hasta tanto la vida nos obliga a hacerla y cuando esto ocurre, si bien salen a flote todas nuestras debilidades, también se hacen evidentes nuestras fortalezas para poder afrontar de manera digna nuestro dolor. Hoy, a los 34 años de nuestra tragedia, no me siento acabada ni agobiada por el dolor. Siento que al inicio, primó el instinto de conservación. 

Fue evidente que, en los primeros tiempos de mi duelo, actué “por instrumentos”. No sé cómo pude comer, dormir, caminar y aún ocuparme de mi apariencia física, si pensaba que nada de eso tenía sentido. Sentía que actuaba por instinto, mientras mi mente y mi yo interior guardaban un respetuoso silencio. No obstante, a medida que pasaron los días, fue evidente que ambos decidieron despertar para conectarse con mi cuerpo físico y para decirme quién era yo, Beatriz. Para recordarme que no estaba sola y que, además, mi vida estaba llena de nuevos retos y responsabilidades. 

Poco a poco empecé a observar que mi vida continuaba y que si bien el dolor seguía estando presente, debía retomar las riendas de mi vida, porque era imperioso luchar por mi felicidad. Me tenía a mí misma y además sentía muy cerca, a dos seres que esperaban mi retorno, mi sonrisa, aunque aún no podía reír, mis ojos envueltos en lágrimas, pero donde también podía advertirse la llamita de la esperanza. Esperaban a esa esposa y a esa madre que era capaz de volver a brindar amor, aunque la vida le pareciera un completo absurdo. Así que comencé a tomar decisiones para reconstruir el sentido de mi vida. Tenía claro que este debería ser más pleno, más fuerte, más compartido, porque debía permitir vivir sin la presencia acostumbrada de mi “Tato”. Y eso era algo que me parecía muy difícil de lograr. Simultáneamente, algo muy paradójico estaba experimentando mi ser. Aunque su ausencia física me generaba un gran vacío, él empezaba a hacerse presente en cada rincón de mi mente y de mi alma, de una manera diferente, pero sorprendentemente cálida y esperanzadora.

Queridos amigos y amigas, es indudable que este dolor ha logrado incorporar a mi ser, valores agregados que me han permitido asumir la experiencia de vivir de una manera más plena y diferente que hoy hacen parte integral de una nueva forma de experimentar la felicidad de vivir. Todo esto ha sido cada vez más posible, a pesar de que hoy no puedo tener su abrazo y hay un asiento vacío en nuestra mesa, a pesar de que me falta esa voz que reclamaba a su “Mamachata” y aún a pesar de no volver a ver la profundidad de esos bellos ojos verdes que tanto amé y que aún sigo amando.

Con el trabajo de duelo he venido descubriendo que la palabra “madre” todo lo encierra y todo lo puede. Se puede amar, reír a carcajadas, bailar, permanecer en silencio, cantar y además experimentar serenidad y paz interior. Hay muchas cosas bellas que una madre puede hacer, aún sin contar con la presencia física de su hijo. Para ello basta con haberlo sentido en su vientre. Yo agradezco también sus 19 años de vida acompañándonos físicamente. Pero es indudable que toda esta transformación interior, requiere de un arduo trabajo para poder posicionar a nuestro ser querido en un rincón del alma, donde podamos sentirlo, escucharlo y convertirlo en cómplice de las más importantes decisiones de nuestra vida y sin que ya nadie pueda hacerle daño.

En estos 34 años, he aprendido a dejarme guiar en busca de su luz y a esperar el momento en que él me abrirá sus brazos cuando yo deba atravesar el “umbral”, ese nítido portal que hará evidente la naturaleza eterna de la que fuimos creados. Siento gozo al evocar ese momento y de presentir sus palabras: “Te vi bien mi “Mamachata”. Estoy orgulloso de tí. No solo sobreviviste a tu dolor, sino que además aprendiste a Amar y Servir de manera incondicional”. Debo reconocer que aún sigo aprendiendo y que eso me hace muy feliz, sin importar el pago que tuve que reconocer. 

¡Gracias mi hermoso muchacho! Hiciste posible que encontrara nuevas razones para seguir viviendo y… gracias amigos por regalarse y regalarme unos minutos para escuchar a mi corazón. ¡Fue sin duda un maravilloso momento…! Los quiero mucho.

La Chatita.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Accede a nuestros conversatorios y entrevistas exclusivas