Por : Lic. Valeria Rivas Salas
Psicóloga Educativa, especialista en duelo.
valeriarivassalas24@gmail.com
“En vano entre las sombras mis brazos, siempre abiertos, asir quieren su imagen con ilusorio afán. ¡Qué noche tan callada, que limbos tan inciertos! ¡Oh! Padre de los vivos, ¿adónde van los muertos, adónde van los muertos, Señor, ¿adónde van?”
Amado Nervo
Durante toda la existencia humana se han generado preguntas de gran importancia para la cosmovisión de la vida y la muerte. Dichas preguntas pueden tener ahora respuestas dentro de un marco social o religioso, pero en definitiva, en la vivencia del duelo, se percibe un ámbito personal que implica la búsqueda de nuestras respuestas a lo que vivimos y estas requieren un tiempo y espacio.
Diferenciar la religiosidad, que pudiera definirse como constructo social de una serie de creencias y ritos que permiten integrar los aspectos fundamentales de un líder identificado, y la espiritualidad, que consiste en la capacidad de optar por un estilo de vida personal, puede implicar adecuaciones a los constructos sociales, para dar paso a una forma determinada de ser y hacer de un individuo y que implica toda su existencia.
Como psicóloga, pude experimentar el llamado a la tanatología con mayor claridad, primero por el fallecimiento de mi hermano Alfredo, quien en 2019 falleció en un accidente carretero y después fue en la pandemia, donde en mí resonaba la necesidad de las personas para el acompañamiento en el sufrimiento. Inicié mi trabajo en tanatología en 2022 y en 2023 mi madre es diagnosticada con cáncer, cuando dentro de los tratamientos fue candidata a cirugía, pero derivado de un choque séptico, después de 3 meses y medio falleció. Esto que viví con mi madre, sin duda me marcó en lo que es ahora mi labor profesional. Ahora me he integrado incluso a una funeraria, también para brindar mi servicio y como parte de honrar a la mujer que me enseñó la mayor de las lecciones que en tanatología puede ser: la de enfrentar la enfermedad y la muerte, con dignidad y paz. Después de estos años acompañando en el duelo, puedo compartir algunas ideas relacionadas a los desafíos en cuanto a la espiritualidad.
Quienes experimentan obstáculos más importantes en el proceso de duelo, son aquellos que integran el dolor como un elemento conductista, en el que Dios o la vida, castigan o premian según las obras, cuando en realidad el ser humano, independientemente de sus credos y acciones, mueren o viven.
Los que han vivido la fe como una inversión o la espera de una determinada recompensa por cumplir fielmente las condiciones de una religión o un Dios, buscan que la muerte nunca los alcance por “ser buenos” y es entonces cuando la experiencia se percibe como un reproche, en donde la justicia se convierte en una paradoja
Aquellos que no tienen un sistema de creencias, algunas veces pueden quedar atrapados en la dificultad que tienen para colocar a la persona que trasciende en algún punto que les genere paz. Algunos de ellos optan por iniciar la búsqueda de un sistema de creencias social (religión) y otros, simplemente buscan encontrar un sentido para seguir viviendo.
En el duelo existe una fase que se ha denominado como Ira- Enojo. En ella, algunas veces se puede ver que las personas, en la búsqueda de explicaciones y responsables frente a los hechos que han rodeado el fallecimiento de los seres queridos, tienden a dirigir en varias direcciones sus frustraciones más profundas, implicando orientar el enojo a sí mismos, considerando que ellos pudieron hacer algo para lo que ya pasó no hubiera sucedido; se puede dirigir el enojo también a los demás (familiares, personal médico, cuidadores, etc.) o hacia el ser que ha fallecido (porque no se cuidó, porque no nos dijo que se sentía mal, porque nos dejó, etc.). Pero también, el enojo hay personas que lo dirigen a Dios o a la vida. Es necesario identificar y sanar el proceso que vive cada persona, con mayor o menor intensidad.
En su momento algunos que no logran lidiar adecuadamente con el enojo, optan por diluir su sistema de creencias en absoluto o bien, en buscar uno que sea más adecuado a este momento de su vida.
La reconciliación es un proceso de sanación para que se restablezca un orden y una nueva relación consigo mismo y con el mundo.
Algo que permite a las personas salir adelante de las encrucijadas con las que el duelo cuestiona la existencia humana, es la apertura a la esperanza. Es ésta la herramienta que permite que lo que no es posible en un momento presente, nos disponga a que se haga posible en un futuro. Y para ello requerimos revisar nuestras creencias de apoyo o bien sembrar algunas que nos permitan ganar la batalla entre el sentir y el saber.
Muchas veces se tendrá que partir de esa interioridad en donde se encuentran las verdades más profundas, donde la oración, la meditación y la contemplación juegan un rol que aparentemente es pasivo o evasión, pero que permite tomar una distancia para evaluar con otros ángulos mis emociones, mis ideas y mis acciones para así poder reorganizar la vida.
Cuando las personas viven con amor y dando lo mejor de sí mismos, superan más fácilmente el miedo a la muerte. Cuando han sido íntegras en sus ideales, sus emociones y sus acciones, cuentan con un bagaje que logra ayudarles, como en otros tiempos, a enfrentar el último momento de su existencia.
Todo ello requiere muchas veces el acompañamiento con un especialista que permita de manera paciente, un proceso de escucha para realizar una retrospectiva que permita a la persona establecer conclusiones y decisiones adecuadas al proceso de duelo.
Quisiera dejarte algunas ideas o creencias que considero a mí me ayudaron en el proceso de duelo de mi hermano y mi madre, esperando resuenen en ti que me lees y que, quizás, te ayuden también un poco a darle paso a la esperanza y a confiar.
Creo que el amor es más fuerte que la ausencia.
Creo en mí y en la capacidad para reconstruir mi mundo interior.
Creo que el dolor pasará, que no es para siempre.
Creo en que soy una persona que puede transformar y trascender el dolor.
Creo que el miedo es mi guardián y no mi enemigo.
Creo que tengo un propósito; un por qué seguir.
Creo que después de enfrentar el miedo, existe una versión mía más plena y resiliente.
Creo que puedo ser feliz, a pesar del dolor.
El camino para volver a creer, puede comenzar con la añoranza por la paz para el alma y la certeza de que creo lo que creo. Como diría Henry Ford :“Si crees que puedes, tienes razón; si crees que no puedes, también tienes razón”. Si comenzamos por un pensamiento, podremos transformar nuestro dolor en amor.
Gracias por leerme, es parte de trascender mis duelos.
“El que tiene un por qué vivir, resiste cualquier cómo”.
F. Nieztche
Referencias:
Nervo, A. (1922). Muerta. En La amada inmóvil. Editorial Mundo Latino.
Nietzsche, F. (1889). El crepúsculo de los ídolos.
