Por : Psicóloga Natalia Jara Lezana.
M.G. Psicología clínica y psicopatología clínica infanto-juvenil. E.P. Tratamiento psicológico del enfermo de cáncer y sus familiares. E.P. Intervención emocional en el final de la vida y el duelo en psicología oncológica.
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¿Qué pasa con la fe, la espiritualidad o el sentido cuando la vida se fragmenta de un momento a otro?
Cuando perdemos a un ser amado, sentimos que una parte de nosotros se apaga. El mundo sigue, pero algo en nuestro interior queda suspendido. En ocasiones nos perdemos en el trajín del día a día, intentando encontrar una lógica para aquello que jamás elegimos vivir. Buscamos, de manera consciente o inconsciente, algo o alguien que pueda llenar el vacío que la ausencia nos dejó. Es en ese espacio donde, muchas veces, nos cuestionamos profundamente nuestra espiritualidad.
Como seres humanos, nos preguntamos: ¿por qué pasó esto?, ¿por qué a mí?, ¿qué hice mal? Incluso llegamos a interpretar la pérdida como un castigo divino o un abandono espiritual. Y en esos momentos nos preguntamos: ¿por qué estamos acá?, ¿qué pasa más allá de la muerte?, ¿hacia dónde vamos?, ¿llegaremos hacia algún lugar?, ¿volveré a ver a mi ser querido?, ¿qué pasa con nuestra alma, con nuestro cuerpo?, ¿hay otra vida más allá de esta?
Nos inquieta el no saber dónde está nuestro ser querido ahora, por qué se fue, o qué debimos hacer distinto. La búsqueda de explicaciones puede convertirse en un terreno peligroso, cuando deriva en culpas que no nos corresponden.
Crisis de Fe: un Proceso y no un Fracaso
Querido(a) lector(a): ¿Sabías que es completamente normal experimentar una crisis de fe tras una pérdida significativa? Muchas personas sienten rabia hacia Dios, silencio espiritual, desconexión o incluso una profunda sensación de abandono. Pero esta crisis no representa un fracaso espiritual; al contrario, es un proceso de reorganización interna, un movimiento emocional necesario para avanzar y comenzar a integrar la pérdida.
¿Qué es la Espiritualidad?
Es una dimensión más íntima del ser humano donde buscamos sentido, conexión y trascendencia. No depende, ni se asocia a religión particular, a un credo o a una práctica específica; es un espacio interno donde intentamos comprender de alguna forma nuestra vida, entender propósitos y junto con ello, entender el lugar que ocupan las personas que amamos.
La espiritualidad se expresa de muchas formas: en la relación con Dios, en la naturaleza, en los rituales, en el arte, en los recuerdos, en la comunidad o incluso en el silencio. Es el territorio donde guardamos nuestras preguntas más profundas: “¿Qué significa vivir?, ¿qué queda después de la muerte?, ¿cómo continúo sin quien ya no está?”
Es en esta instancia o contexto que la espiritualidad se vuelve un puente emocional y simbólico, que ayuda a sostener la ausencia de nuestro ser amado. De esta forma, también podemos mantener el vínculo con nuestro ser querido tras su pérdida, desde el amor, desde la comprensión, la aceptación y la entrega. Nos permite encontrar consuelo, inclusive ante el dolor que estamos viviendo. Es un proceso que nos invita a explorar, a sentir, a pensar y a plantearnos, de una forma distinta, las circunstancias de la vida, nos invita a creer de nuevo y a descubrir nuevas formas de conexión y esperanza.
Es así que, cuando la fe se quiebra, no desaparece: se replantea. La espiritualidad se reconfigura desde las ruinas, buscando nuevas formas de sostener la esperanza y el sentido.
Historia de María (65 años): Creer en Medio de la Tormenta
María enviudó después de 35 años de matrimonio. Acompañó cada etapa de la enfermedad hepática de su esposo, un tiempo marcado por el miedo, la incertidumbre y la impotencia. Durante más de 30 años, su familia había sido activa en una iglesia cristiana. Sin embargo, en medio del dolor, surgieron dudas:
“¿Por qué Señor nos da esta prueba?, ¿qué hicimos mal?”
Hubo días de enojo hacia Dios. Dejaron de asistir a los cultos. Sentían que su fe no sostenía el peso del sufrimiento. Pero, con el tiempo —y gracias al apoyo espiritual y profesional— comenzaron a comprender el proceso, a mirar no solo el dolor, sino también los para qué:
¿Qué aprendizaje trae esta experiencia?, ¿qué nos intenta mostrar?, ¿qué necesita nuestra alma ahora?
La familia logró acompañarse, hablar con honestidad, expresar miedos, resolver asuntos pendientes y conversar con su ser querido sobre su partida, hablar de la tan temida muerte. Ese diálogo, permitió que él manifestara sus voluntades (en vida) y que la familia viviera el final de su vida con unión, claridad y amor.
Cuatro años después, don Oscar sigue presente en cumpleaños, navidades y gestos cotidianos. Su presencia se transformó, pero no se extinguió.
Preguntas que Duelen… y que son Humanas
En el duelo solemos enfrentar pensamientos que nos limitan, como creer que no podremos continuar, que la vida perdió sentido o que está mal sentir alivio, si el ser querido dejó de sufrir. También aparece el temor a vivir sin esa figura significativa:
“¿Podré sobrevivir sin él o ella?”, “¿cómo se sigue ahora?”
Estas preguntas no son señales de debilidad, sino parte natural de la búsqueda de sentido. El camino espiritual del duelo implica, con el tiempo, pasar del “por qué” al “para qué”. Ahí comienza la transformación.
Culturalmente no estamos acostumbrados a hablar de la muerte, la esquivamos, sentimos miedo creyendo que si la mencionamos la “atraemos”, que es peligroso, pero en realidad es muy sanador hablar de la muerte, tanto para la persona que se va, como para aquellos que quedan. Permite poder expresar, conocer, aprender y reorganizar en vida aquellas necesidades de nuestro familiar.
Aceptar, Soltar y Reconstruir
A medida que avanzamos, el duelo invita a soltar la culpa, dejar de pelear con lo inevitable y permitirse un proceso de aceptación profunda. No se trata de olvidar ni de resignarse, sino de abrir espacio para una reconstrucción espiritual donde la ausencia convive con el amor.
Aceptar no borra el dolor, pero lo ordena. Trae calma. Permite que la vida siga teniendo color y que la conexión con el ser amado se transforme en algo íntimo y significativo.
Una forma de sostener el vínculo, es por medio del desarrollo de actividades y rituales que permitan mantener la conexión espiritual de forma simple y flexible, por ejemplo:
- Escribir una carta.
- Encender una vela.
- Crear un pequeño altar o un espacio especial e íntimo.
- Caminar por un lugar especial que lo conecte con su ser amado.
- Escuchar la música favorita de quien partió.
- Dar gracias a la vida.
Es importante saber que estas actividades o los rituales no traen de vuelta a quienes amamos, pero permiten integrar la pérdida y recordarnos que la relación continúa en otra dimensión: la del amor, la memoria y la trascendencia.
Reflexión Final: Creer de Nuevo
Querido(a) lector(a): después del duelo, la espiritualidad no desaparece… se transforma.
No se trata de recuperar exactamente la misma fe, sino de acomodar la ausencia dentro de la propia historia, encontrando nuevas formas de conexión, significado y propósito diario.
Creer de nuevo, es una invitación a reconstruirte, a moverte, a decidir y a ser protagonista de tu vida, recordando que eres el principal actor y guionista.
Por todo lo anterior, te invito a descubrir tu propio lenguaje espiritual, aquel que te permita honrar a tu ser amado y volver a creer —en ti, en la vida, en lo que trasciende— sin culpa y desde la libertad.
Un abrazo,
Natalia Jara, Psicóloga.
Antecedentes:
Psicóloga Natalia Jara Lezana
M.G. Psicología clínica y psicopatología clínica infanto-juvenil.
E.P. Tratamiento psicológico del enfermo de cáncer y sus familiares.
E.P. Intervención emocional en el final de la vida y el duelo en psicología oncológica.
Consejera en Lactancia Materna.
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