Por : Pastora Abril Silva Guerrero
Directora y acompañante en duelo de Ministerios REDOMA
abysilva@gmail.com
Siempre he sido una entusiasta de la celebración navideña. Como creyente, pero también como parte de una familia numerosa, esperaba con ansias que llegaran esas fechas. Crecí en el norte de México, donde la figura del hombre de traje rojo que llevaba regalos, era parte fundamental de la ilusión infantil. En el centro del país predomina más la tradición de los Reyes Magos, pero en casa y para alegría nuestra, celebrábamos ambas. Todo era regocijo, luces, juegos y risas.
Con los años descubrí el verdadero sentido de la Navidad, y eso transformó mi manera de celebrarla. ¡Era una auténtica fiesta de cumpleaños! ¡El nacimiento de Jesús!
En la iglesia amaba pertenecer al coro y cantar villancicos a toda voz. Ya casada, el árbol iluminado y el tren girando sin parar se volvieron un clásico. Después, cuando llegó mi nieto, seguimos poniéndolo porque a él le fascinaba.
Pero, como todo en la vida, las cosas cambiaron.
Con el paso del tiempo, pensar en las fiestas decembrinas dejó de traerme la misma emoción. El año anterior ya habíamos decidido cenar únicamente mi esposo, nuestra hija, mi madre y yo. Papá había fallecido pocos días antes.
Cuatro años atrás, mi querido primogénito había partido durante la pandemia. Fue un dolor que marcó nuestra historia familiar. Aun así, la fe, las herramientas aprendidas en LAS 15 TAREAS DEL DUELO y los grupos de acompañamiento que abrí en la iglesia, nos ayudaron a transitar por ese valle.
Pero el camino del duelo rara vez es lineal; porque cuando pensamos que hemos recuperado un poco de aire, llega otra noticia que nos vuelve a doblar las rodillas.
Hace apenas unos meses un mensaje de mi hija me sacudió terriblemente: “Mi papá falleció”.
Sí, mi amado y dulce compañero de vida por 33 años, el mejor padre que mis hijos pudieron tener, acababa de morir, dejándonos con una profunda tristeza; no solo a nosotras, sino a nuestro pequeño nieto, a toda la familia y a muchos amigos que nos aman. Con la ayuda de Dios y de gente maravillosa logramos levantarnos, simplemente porque teníamos que seguir adelante. Y creí que ese sería el duelo más intenso del año… pero dos meses después, murió en un accidente una gran amiga y fiel colaboradora de mi equipo de acompañamiento. Y, a los pocos días, partió también un tío muy querido.
—¿Es en serio, Señor? —fue lo único que pude decir.
Todo cambió de golpe: lo familiar, lo espiritual y lo ministerial. Mi equipo apenas comenzaba a recuperarse de la muerte de mi esposo, cuando ocurrió lo de nuestra amiga. Su familia, además, ya había atravesado un duelo múltiple poco después del fallecimiento de mi hijo. Apenas se estaban recomponiendo… y la vida volvió a estremecerse.
Los días comenzaron a pasar vertiginosamente. Había una frase que describía a la perfección mi sentir: “¡Paren el mundo, que me quiero bajar!”. Y sí, así exactamente me sentía.
Y llegaron entonces las preguntas inevitables:
¿Navidad?, ¿de verdad?, ¿qué vamos a hacer ahora mi hija y yo solas?, ¿celebrar? ,¿acaso había algo que celebrar?
La respuesta que venía a mi mente era clara: no quiero celebraciones. Mi corazón está completamente roto.
Pero la fe tiene esa costumbre divina de aparecer justo cuando uno quisiera cerrar puertas. Como una pequeña luz filtrándose en la oscuridad más profunda, algo dentro de mí recordaba que esta fecha es especial para nosotros, no solo como familia, sino como creyentes.
Fue entonces cuando mi hija me dijo:
“Mami, vámonos a pasar la Navidad con mi tía. Ella acaba de perder a su esposo, tú también. Mi abuelita perdió al suyo hace dos años. ¿No sería mejor acompañarnos? Hagamos que este tiempo valga…”
Y ahí lo entendí. El brillo de las luces cambia… pero no desaparece. A veces es suave, tímido, cansado. A veces es apenas un destello breve que ilumina lo necesario. Pero sigue siendo luz.
La Navidad —la verdadera— no necesita adornos perfectos, ni familias completas, ni fotografías impecables. Se sostiene sola. Nació en un pesebre oscuro y, desde entonces, ilumina precisamente esos lugares donde hoy sentimos que nuestras luces ya no brillan igual.
Quizá este año, para muchos, la Navidad tampoco se sienta igual. Quizá habrá sillas vacías, risas que se añoran, voces que ya no están. Pero también habrá manos que se buscan, miradas que se entienden sin palabras y una esperanza que permanece, aunque el corazón duela.
Porque, al final, celebramos esto: que, en medio de la noche más oscura, Dios decidió encender una luz. Y esa luz, aunque a veces parezca tenue, sigue siendo suficiente para guiarnos. Si lo permitimos, puede devolvernos la esperanza y la gratitud. Porque Dios no solo nos dio a su Hijo Jesucristo; también nos regaló a esos seres que, con su presencia —por larga o breve que haya sido—, transformaron nuestra vida. Hoy, desde el recuerdo, siguen impulsándonos a avanzar con amor en cada momento que ahora se ha vuelto significativo.
