Por: Dr. Hugo Castelblanco Sierra
hugo.castelblanco@gmail.com

Con frecuencia escucho decir a algunos orientadores espirituales a quienes se les consulta con referencia a la dolorosa experiencia del duelo: “Es una prueba que el Señor te ha enviado”, o “Dios escribe recto con renglones torcidos”; una frase popular atribuida a Santa Teresa, pero que sirvió de título a la novela de Torcuato Luque de Tena: “Los renglones torcidos de Dios”.
Esta expresión, sugiere que el camino de la vida, aunque suele ser difícil de transitar y está lleno de equivocaciones e intentos fallidos, no representa un obstáculo para que Dios pueda llevar a cabo los planes de salvación que tiene para el hombre. Si bien esos “renglones torcidos” simbolizan el dolor, las injusticias y el desamor que caracteriza muchas veces el proceder humano, el “escribir recto” representa el hecho ineludible de que el plan de Dios se cumple a pesar de todo contratiempo.
No obstante que, para muchos creyentes, esta razón puede ser considerada suficiente como explicativa del sentido de dolor, aún deja sin responder el interrogante de ¿Por qué? el dolor y este es un cuestionamiento que está vigente en muchos duelos y que pone en tela de juicio los fundamentos sobre los que algunos duelistas han construido sus creencias religiosas.
A medida que los seres humanos transitamos por la senda de vida, nos sentimos a menudo incapaces de responder estos interrogantes que el dolor nos plantea. Entonces, las creencias surgen de nuestra condición de seres vulnerables y pocas veces son cuestionadas a fondo hasta que la vida nos coloca en presencia del duelo. Con frecuencia es solo ante esta dolorosa experiencia que abordamos esta disyuntiva: ¿Aquellos principios en los que nos formaron desde niños, responden planamente a esta condición de dolor que estamos afrontando? o, por el contrario, se quedan cortos y sentimos que tal vez habíamos estado engañados…, ahora podemos decir que estamos afrontando una profunda crisis de fe.
Debo reconocer que, en nuestra experiencia como acompañantes de duelo, desde hace varias décadas, ha sido innegable el hecho de que una fe sólida, madura y responsablemente enriquecida y documentada a lo largo de la vida, hace que el Trabajo de Duelo fluya y se convierta en fuente de crecimiento integral para el duelista. Pero, de igual forma, debo admitir que cuando abordamos el duelo con una fe débil y ambigua, en donde se mezcla la magia o la superchería con la sana teología, el camino del duelo se vuelve tortuoso y árido. La razón de esto es evidente: Hemos creado dioses a nuestra imagen y semejanza y en presencia del dolor es más evidente que nunca que “Hay que dejar a Dios, ser Dios”.
Esto es claro: Dime qué Dios has construido, y te diré quién eres.
- Construimos dioses vengadores, porque somos incapaces de aplicar la justicia.
- Construimos dioses proveedores, porque nos sentimos desvalidos e incapaces de afrontar los retos de la vida.
- Construimos dioses escrutadores y en ocasiones manipuladores, porque nos sentimos incapaces de asumir los compromisos que se derivan de nuestras decisiones.
- Incluso, en ocasiones, construimos dioses sobreprotectores o francamente alcahuetas, para no asumir los retos y cambios que supone nuestro crecimiento integral o para excusarnos ante un comportamiento irresponsable.
Dime cómo concibes a Dios, cómo lo llamas, cómo le rezas, cómo te lo imaginas cuando le hablas, cómo interpretas sus enseñanzas y cómo reaccionas cuando las quebrantas; dime qué esperas de Él en esta vida y en la otra, qué sabes de Él y has leído de Él y crees de Él…, dime todo eso y me habrás contado la biografía de tu alma. La idea que una persona tiene de Dios, es el compendio de su propia vida.
Dios no se repite. Dios no sigue un procedimiento fijo, no está atado a tiempo y lugar, no acata pronósticos, no repite caminos. Dios nunca “se ausenta”; Dios siempre «Está llegando». Cada vez es un camino nuevo, un rostro nuevo… y una forma nueva de amar. Dios no copia…, ni siquiera se copia a sí mismo. Puede permitirse el lujo infinito de ser siempre total y perpetuamente diferente. En eso radica su esencia.
Los salmos lo proclaman: «Cantad al Señor un cántico nuevo». Sólo un nuevo cantar puede dar gloria a quien por esencia es nuevo en cada instante.
Dios siempre será amigo, pero nunca trivial e intrascendente. Esa es la razón por la que el mandamiento ordena: “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Sin embargo, a diario decimos:
“Sólo Dios lo sabe”.
“Su pedido le llegará el próximo lunes, si Dios quiere”.
“Pongo a Dios por testigo”.
“Es la voluntad de Dios”.
“Dios escribe recto con líneas torcidas”.
“Eso ha sido un castigo de Dios” (Ej: Murió el hijo para castigar una falta del padre).
“Esa es una prueba de mi Dios”.
“Bien sabe Dios que esto ha sucedido solo por tu bien”.
“Dios sabrá darle su justo castigo. Confío en la justicia de Dios”.
“Eso ha sido un milagro de mi Dios”.
Ante lo anterior, solo cabe una respuesta: “Deja a Dios lo que es de Dios”.
¿Ha sido voluntad de Dios que muera nuestro hijo o que nuestra pareja se haya debatido con una enfermedad dolorosa y prolongada antes de morir?; ¿ ha sido voluntad de Dios que nuestro hijo fuera asaltado y acribillado a la salida de su universidad?; ¿ha sido voluntad de Dios que nuestro ser amado haya muerto en un terrible accidente?; ¿es voluntad de Dios que hayamos elegido este trabajo, esta profesión, esta vivienda?; ¿y quiénes somos nosotros para decirlo o para decírnoslo?; ¿acaso se lo hemos preguntado a Dios?; ¿nos ha respondido?; ¿nos hemos comunicado con Él en revelación privada?
No tenemos derecho a declarar cual es la voluntad de Dios… que es muy posible que sea solo la nuestra o la del amigo o consejero, disfrazada de forma egoísta con el nombre del Dios. No juguemos a ser dioses, ni profetas. No tomemos su santo nombre en vano.
No manipulemos a Dios, creándolo a nuestra imagen y semejanza. Así, movidos por esta vanidad:
- Creamos dioses justicieros, porque nos sentimos impotentes para administrar justicia.
- Creamos dioses titiriteros, porque nos sentimos incapaces de tomar decisiones y responsabilizarnos por ellas.
- Creamos dioses proveedores porque nos sentimos incapaces de responder a nuestras necesidades. (Esta es una manipulación del “pedid y recibiréis”, porque hay cosas que no necesitamos, hay ausencias que es importante experimentar, hay ocasiones en que no es oportuno ni lo mejor obtener lo que deseamos).
- Creamos dioses manipulables o milagreros, porque nos sentimos incapaces de asumir que somos seres libres, o peor aún, porque sentimos que si podemos manipular el milagro, incrementaremos y validaremos nuestro poder.
- Creamos dioses “tapahuecos”. Se puede explicar de esta manera: mientras conservamos el control de la situación y nuestras fuerzas son suficientes, nos las arreglamos por cuenta propia y no “molestamos” a Dios ni nos acordamos de Él; ahora bien, en cuanto el asunto se nos va de las manos, en cuanto llega una crisis, un problema serio, algo que rebasa nuestras posibilidades y escapa a nuestros medios, entonces corremos a Dios, imploramos su auxilio y encendemos velas ante su imagen. Mientras la vida marche por sí misma (¡y en ocasiones lo hace!), no hay de qué preocuparse; pero en cuanto llega el “hueco” que mis fuerzas no pueden llenar, acudo a Dios para que lo rellene o me tome en sus brazos y me pase sano y salvo al otro lado.
En castellano tenemos el refrán: “Si quieres aprender a orar, échate a la mar”. Los pescadores, los toreros y en el mundo de hoy, los sicarios, siempre han sido gente religiosa. Viven cerca del hueco.
En oriente hay otro refrán que reza: “Cuando van bien los negocios, se acuerda uno del joyero; cuando van mal, de Dios”.
Es innegable que en esa actitud hay el reconocimiento de que Dios puede ayudarnos cuando nadie más puede hacerlo, y ese acto de fe a regañadientes, tiene su valor en medio de todo; los verdaderos amigos se muestran en los momentos de crisis y, al volvernos instintivamente a Dios en cuanto surge el apuro, demostramos implícitamente que Él es el mejor amigo, como de hecho lo es. Pero también hay en esa actitud un elemento, triste que relega a Dios a los momentos malos de la vida; que hace de la oración, medicina amarga para la enfermedad, en vez de bebida alegre para la vida; que reduce la religión a un puesto de socorro, y la espiritualidad a una evasión de la realidad de la vida. Esta, no se compone solo de agujeros, y relegar a Dios a los agujeros es indigno e injusto. No creo que ese sea el trato adecuado para un Padre que nos ama.
Una clase particular de este Dios “tapahuecos”, es el dios de las quinelas o del “Chance” como se le llama en mi país. Un billete de lotería en las manos de una imagen de la virgen o del santo predilecto, con un número del “chance” de esta semana que debe tener presente. Vaya problema que ese billete de lotería le estará́ causando a Dios. ¿Qué va a hacer con él?, ¿que le toque el premio a su devoto poseedor?, ¿y no es eso acaso trampa? Además, ese no es el único billete por el que se han elevado oraciones. Hay otras familias piadosas y necesitadas que han pensado lo mismo y rogado lo mismo: ¿Qué hacer ahora?, ¿echar a suertes entre los que han rogado al santo de su predilección? Eso sería apelar a otra lotería.
Capítulo aparte merecería el Dios fanático o hincha de algún equipo deportivo. Ante esto reflexiono: ¿Cuántas madres y novias han elevado sus oraciones o encendido veladoras para que el equipo en el que milita su hijo o su amado, gane el partido en disputa?, ¿cuál será la oración más efectiva, la más repetida o la que invoca una mayor necesidad? Pero esa elección es extraña al deporte. Ganará el equipo de mayor preparación o el de mejor suerte. Dejemos a Dios ser Dios y no le planteemos esa problemática.
Creamos dioses cómplices o alcahuetas, porque queremos justificar nuestra violencia, nuestra inmoralidad o nuestra ausencia de principios. En el monumento a Lincoln está grabado un texto que se refiere a la Guerra Civil y a la creencia en Dios y que proviene de su Segundo Discurso Inaugural. El fragmento dice:
«La voluntad de Dios prevalece. En las grandes contiendas, cada partido afirma actuar conforme a la voluntad de Dios. Ambos pueden estar equivocados, y uno debe estarlo. Dios no puede estar a favor y en contra de lo mismo al mismo tiempo«.
Es verdad, ambos bandos leían la misma Biblia, y ambos rezaban al mismo Dios, y de Él esperaban la victoria para sus ejércitos y la derrota de sus contrarios. Allí́, en la piedra del monumento y en la sinceridad de las palabras de un presidente con sentido de la historia, quedó esculpida la manipulación más triste a que el hombre ha sometido a Dios: matarse en nombre suyo.
Pero, lo anterior no se dio sólo en una guerra antigua. Se repite hoy en el Oriente, cercano y lejano; se repite en el viejo continente y en el nuevo. Y qué decir de las “guerras santas”. Creo que las guerras hechas en nombre de Dios, lo único que pueden engendrar es ateísmo resentido, la forma más estéril del ateísmo. No obstante, muchas veces he pensado ante la violencia que se hace en mi país y en muchas partes del mundo, en nombre de Dios: “Si nos matamos unos a otros invocando el nombre de Dios, ¿no sería mejor que todos fuéramos ateos?” Cada día será más difícil creer, como dijera Einstein , que un hombre como Gandhi haya vivido en nuestro mundo.
Por otra parte, creo que las cosas más maravillosas que nos suceden: ser padre, enamorarnos, encontrarle un sentido a nuestra vida, a nuestro trabajo a nuestro quehacer diario, deben ser obra de la voluntad de Dios. Porque todas son cosas buenas, plenas de sentido, de serenidad, de paz. Porque todas esas cosas son las que esperamos de un buen padre o de una buena madre.
Cuando me pregunto si creo en Dios, siempre me he respondido que creo en mi padre Dios, un padre que me ama con amor incondicional, un padre que goza con mis éxitos y sufre con mis fracasos, con mis dolores. Un padre que solo desea lo mejor para mí y lo más importante, un padre que me ha hecho a su imagen, dador de amor, educador para la libertad y sin duda, algún día: creador de universos. Hay un dicho popular que reza: “Hijo de tigre, sale pintao”.
En efecto, en la vida pasan cosas a diario, muchas de ellas nos llenan de paz y serenidad, mientras que otras son generadoras de momentos de intenso dolor. A este respecto pienso y siento que, si solo experimentáramos el dolor, no seríamos seres libres, seríamos esclavos, seres sometidos al arbitrio de un gran poder, si solo experimentáramos el gozo de vivir, tampoco gozaríamos de libertad. Seríamos como títeres sin posibilidad de asumir riesgos o de empatizar con aquel que sufre. En la vida pasan cosas, porque somos libres, porque papá Dios nos hizo seres libres.
¿Dónde estaba ese papá Dios cuando asesinaron a mi hijo Hugo Alejandro unos asaltantes a la salida de su universidad? En lo más profundo de su corazón, acompañándolo en esos momentos de terror, pero también en el corazón de los asesinos, contemplando dolorido cuánto daño puede generar en el ser humano el odio, pero también cuanto odio puede generar el desamor. Allí estuvo, respetando el encuentro de dos libertades. Ambas presentes en espíritus eternos que habitan temporalmente unos avatares para quienes todos sus errores o equivocaciones fueron de antemano redimidos.
Aquí recuerdo una bellas palabras de la Chatita, mi esposa, con las que reflexionaba en sus momentos de oración:
“Podrán darle toda la bala que quieran a su cuerpo físico, pero su alma no ha sido tocada. A ella nunca podrán hacerle daño”.
Es verdad, la vida nos depara a diario muchos momentos de alegría, plenitud y serenidad, pero también, algunos importantes momentos de gran dolor. Esta dualidad experimentada solo por la limitación de la forma como nuestros sentidos perciben lo que somos, siento que era una condición imprescindible para que realizáramos el descubrimiento de que somos libres. Alegría y tristeza, gozo y dolor, son la urdimbre y la trama que conforma la textura de la vida y solo, mediante la posibilidad de experimentar ambas plenamente, podemos descubrir que somos libres.
Pero alguno de nosotros puede preguntarse: Está bien, Dios es nuestro Padre y como prueba de su amor nos hizo libres, ¿pero no sería mejor que no lo fuéramos y de esta forma el dolor no estaría presente en nuestras vidas?
A medida que trascurre mi vida, he llegado a entender que la libertad es la condición, sin la cual es imposible que podamos acceder a la fuente de donde brota el amor que hizo posible este universo. Así es, la decisión de amar es posible, en tanto en cuanto seamos plenamente libres. Este es el máximo ejercicio de libertad: “renunciar a nuestra comodidad o a nuestro propio placer, para que sean parte de la experiencia de aquel que amamos”. Definitivamente, siento que siempre es mejor el SER que el NO SER.
Creo además que no tengo nada que pedirle a Dios, porque ya me ha dado más de lo que merezco y necesito. Tampoco me detengo a alabar su poder o a glorificar su bondad. Él sabe plenamente que eso es así y no necesita que se lo recuerde. Pero hay algo que sí considero de vital importancia en mi relación con él y ese algo es AGRADECERLE en todo tiempo y lugar. Tengo presente cómo esta decisión de expresar mi gratitud, se tornó plena, en aquellos días de mi duelo en los que sentí que todo era oscuridad, tragedia absurda y miserable. Él se hizo presente para colmar de luz, plenitud y sentido cada instante de mi vida. En ese Dios creo: mi amigo, mi confidente mi papá amoroso y siempre presente. Él que también cree en mí, el que me exige porque sabe de lo que soy capaz cuando amo, el que me espera con paciencia, perdona mi tardanza y siempre me recibe con amor y en particular…, el que me hizo libre y no tiene nada que perdonarme, porque me ama con amor incondicional, que no exige nada al amado para seguirlo amando. En ese Dios creo.
Reciban un gran abrazo de mi parte,
Hugo Castelblanco Sierra
