Por : Anna Fargas Claramunt.
Terapeuta holística, comunicación animal y con la naturaleza, acompañamiento al duelo y final de vida.
Instagram @brotsdellum
Se acercaban las fiestas de Navidad y, mientras todo parecía disponerse para la alegría y la celebración, yo atravesaba mi noche oscura del alma. Las calles se llenaban de luces y la gente compraba regalos con cara de felicidad… se anunciaban días de encuentro, pero yo no lograba sentirme parte de ese ambiente. Desde el accidente de mi pareja en octubre, todo cambió tan repentinamente, que apenas podía reconocerme. ¡Había perdido a la persona más importante de mi vida! Pasaba los días con una sensación de desconcierto y lejanía, como si el tiempo ya no me perteneciera del todo. No tenía energía para reuniones numerosas ni para conversaciones superficiales, ni tampoco quería oír frases de ánimo, tipo: “Eres joven y fuerte, tienes toda una vida por delante”, “Tienes que distraerte y salir con las amigas”, el “Tienes que…” ¡no lo soportaba!
La Navidad, con su exigencia social de alegría, se convertía para mí en un espejo que devolvía la ausencia con más nitidez. Cada luz parecía recordarme que mi vida se había apagado, cada gesto amable resonaba como un recordatorio de que mi corazón estaba demasiado herido para responder con la misma calidez. Solo deseaba estar con mi madre, con la familia de mi pareja y con un par de amigas capaces de acompañar mi silencio y acoger mis lágrimas. Aquella Navidad no quería celebrar nada: necesitaba un refugio íntimo donde pudiera sentirme sostenida y abrazada, donde poder mostrar mi vulnerabilidad sin tener que justificar mi dolor, ni disimular la enorme tristeza que me invadía y, al mismo tiempo, regalarme espacios para conectar con mi corazón, que aún intentaba comprender lo incomprensible.
Tenía treinta y tres años y, apenas dos semanas antes de su muerte, nos habíamos dicho: “sí, queremos ser padres”. Vivíamos ilusionados en construir una familia y, en ese sueño, también estaba Marina, su hija de siete años. Con ella había creado un vínculo tierno y profundo: nos queríamos muchísimo, con esa confianza que solo nace cuando dos almas se reconocen. Su muerte no solo se llevó a mi compañero de vida, sino también el sueño de la maternidad y la relación con Marina. Para ella también fue un golpe devastador: perdió a su padre y, al mismo tiempo, desapareció el hogar que compartíamos los tres. Fue un doble duelo para ambas, invisible a ojos de muchos, pero inmensamente real y doloroso en nuestro interior.
En esos días me sentía completamente desubicada. Mi madre intentaba sostenerme como podía, pero lo único que me consolaba era mirar fotografías de nosotros tres, escribir en mi diario y recordar momentos bonitos que pasamos juntos. Para algunas personas aquello podría haber sido una tortura; para mí era la única manera de mantener viva nuestra llama.
Hoy, trece años después, puedo mirar aquella Navidad desde otra perspectiva. Aquella dura experiencia reordenó mis prioridades y mis valores más esenciales. Me enseñó la urgencia de vivir el presente con autenticidad, a no postergar mis deseos, a honrar lo que realmente importa. Y aunque creí que mi corazón nunca volvería a abrirse al amor, el universo, siempre tan abundante, me mostró lo contrario. Pude amar de nuevo, sin borrar ni olvidar lo vivido con Luis. Fue una manera de agradecer la hermosa huella que ese amor dejó en mí.
La Navidad, cuando estás en duelo, puede convertirse en un terreno frágil. Todo te recuerda lo que echas en falta. Se nota más la ausencia, se nota más la soledad. Pero también puede ser un momento para bajar el ritmo, para darte permiso de sentir, para honrar a quienes ya no están, sin tener que esconder el dolor. Se puede convertir en espacio para conectar con nuestros seres queridos y, a la vez, con nosotros mismos.
Poco a poco empecé a comprender que, incluso del sufrimiento, puede brotar algo muy hermoso; de mis vivencias de duelo, nació mi verdadera vocación. La muerte de mi pareja y después la de mi padre, despertaron en mí algo que entonces no sabía ponerle palabras: el deseo de acompañar, de estar al lado de personas que atraviesan momentos difíciles en su camino (pérdidas, separaciones, crisis, cambios de vida significativos) y ayudarles a reconectarse con su verdadera esencia. Aquella Navidad se volvió un punto de inflexión: un antes y un después que me obligó a mirar la vida desde otro lugar. Entendí que no siempre se trata de celebración, también puede ser un pequeño refugio para escucharnos por dentro, un tiempo que nos invita a preguntarnos qué es lo importante, quiénes somos, qué permanece cuando todo cambia y en qué se transforma.
El duelo me enseñó que recordar no es quedarse atrapada en el pasado, sino honrar y agradecer lo vivido. Que la ausencia no borra el amor, porque el amor es eterno. Y que la esperanza no aparece porque olvidamos, sino porque vamos encontrando un sentido nuevo en nuestra vida. Cuando se transita el duelo con consciencia, algo en nuestro interior se transforma y, desde este momento, aprendes a escuchar y a seguir los dictados de tu corazón. La noche oscura que viví al final de aquel año, se convirtió en un umbral, un tránsito hacia una forma más consciente de transitar la vida. Porque incluso en los momentos más sombríos, pueden brotar nuevas certezas y florecer virtudes que tenemos guardadas en la profundidad de nuestro corazón.
Con el tiempo, fui entendiendo que aquella Navidad tan oscura, no había sido solo una época de dolor profundo, sino también el inicio silencioso de una gran transformación que aparece como una pequeña llama que comienza a arder, cuando nos permitimos sentir con honestidad, recordar con gratitud y honrar con respeto aquello que nuestra alma eligió. En la mezcla de nostalgia, ternura y esperanza, se esconde la esencia más profunda de estas fechas: la posibilidad de renacer. Y en ese renacimiento, encontramos la verdadera unión: con quienes amamos, con quienes fuimos… y, sobre todo, con quienes estamos llamados a ser.
