Bendito dolor que me abrió a la vida

Por: Beatriz López
Chatalopez2@hotmail.com

Queridos amigos y amigas:

Gracias por regalarme unos minutos de sus vidas, para leer lo que mi corazón desea compartirles y hacerlos partícipes del nuevo rumbo que tomó mi vida.

Antes de haber padecido “el dolor más grande del mundo”, tras la muerte de mi Hugo Alejandro, todo el propósito de mi vida estaba contenido en un pequeño espacio formado por mi esposo y mis dos hijos: mi hogar. Era feliz, levantándome cada día para iniciar una jornada dura de trabajo y lucha, procurando llenar de amor y de paz ese pequeño cielo que Dios me había regalado. Me parecía lo más natural del mundo pensar que, si cumplía con mis responsabilidades de madre, esposa y profesional, ya había cumplido con mi misión en la vida y podría decir al final de mis días:

“Cumplí… y puedo morir tranquila”.

¡Cuán equivocada estaba! Nunca me había preguntado qué pasaría con mi vida si alguien de ese pequeño cielo faltara. Además, era casi prohibido siquiera pensarlo.

Pero, amigos queridos, en un solo segundo, la vida decidió sorprenderme y mostrarse tal como es.

Entonces mi mundo se derrumbó. Mi pequeño cielo se oscureció. Se volvió más pequeño con su ausencia, hasta llegar a asfixiar mi vida. Éramos cuatro seres profundamente felices… y, de pronto, solo quedábamos tres, sin saber qué hacer sin su presencia, que llenaba de luz nuestro hogar. Solo ese dolor profundo logró ponerme contra la pared y obligarme a tomar grandes decisiones. Tuve que levantarme de las cenizas y buscar un nuevo rumbo para mi existencia.

No concebía la vida sin él. ¿Con qué aliento me iba a levantar cada mañana si ya no miraba esos ojos que siempre habían iluminado mi camino?

Entonces surgió en mí una pregunta inevitable:

¿Es absurda y cruel la vida… o tiene un sentido más grande del que alcanzamos a comprender?

Han pasado treinta y cuatro años sin su presencia física. Hoy soy otra persona. La vida me ha llevado a mirar más lejos, a comprometerme más profundamente con lo que soy y con lo que debo ser.

Un día comprendí algo que cambió mi manera de vivir.

Pensé: ¿Cómo podría llegar algún día a su presencia con las manos vacías, diciéndole:

“Tu ausencia me destruyó, tu muerte acabó con mi vida”.

¡Qué injusta sería!

Su partida me enseñó que yo soy simplemente un instrumento para dar vida a seres maravillosos y libres, como son mis hijos. Pero cada uno tiene su propio camino y su propia razón para vivir. Hugo Alejandro no es responsable del rumbo que yo dé a mi vida. Justamente su muerte me ayudó a comprender lo limitada que era mi mirada. Y decidí asumir el reto, a pesar de todo.

¡Bendito dolor que me abrió a la vida!. Hoy he envejecido y doy gracias a mi muchacho, porque podré llegar a su presencia con un gran regalo: su partida me transformó y me permitió ser una mejor persona. Quiero vivir el tiempo que me queda buscando amar y servir hasta el final.Ahora puedo contemplar la belleza de la naturaleza con mayor claridad. Puedo comprender mejor el dolor de los demás. Puedo recordarlo con nostalgia y alguna lágrima, pero sin el dolor agobiante de antes.

He aprendido a perdonar las equivocaciones y a mirar la vida con mayor amplitud.

Mi pequeño cielo ya no está formado solo por cuatro personas. Ahora lo habitan muchas otras que han sentido este mismo dolor y que luchan, como yo, por encontrar un camino para seguir viviendo con esperanza. Por eso, creo que juntos podemos salir adelante de ese dolor profundo que un día se interpuso en nuestras vidas.

Tomemos siempre la mejor decisión: transformar nuestro dolor en un gran regalo para aquellos seres amados que nos esperan con inmenso amor.

Muchas gracias.

La Chatica

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Accede a nuestros conversatorios y entrevistas exclusivas