Por : Psic. Ana Milena Reyes
magíster en neuropsicología y formada en Las 15 tareas del duelo. Desde la experiencia clínica y humana, acompaña procesos de enfermedad, pérdida y duelo, promoviendo espacios de comprensión emocional, autocuidado y compasión.
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En muchas familias, comunidades o espacios de cuidado, siempre hay alguien que sostiene. La persona que organiza, acompaña, decide, calma, contiene o intenta mantenerse fuerte cuando todo parece derrumbarse. A veces es un líder familiar, un cuidador, un terapeuta, un profesional de la salud o simplemente alguien a quien el entorno le ha otorgado el papel de fortaleza.
Sin embargo, cuando el duelo atraviesa a quien sostiene, muchas veces aparece una dificultad silenciosa: no sentirse con permiso para vivir plenamente sus propias emociones. La rabia, la culpa, la ansiedad, el miedo, el vacío o la frustración comienzan a experimentarse en silencio, como si sentir demasiado pudiera convertirse en una amenaza para quienes lo rodean o para la imagen de fortaleza que durante años ha construido.
Desde la experiencia clínica y también desde vivencias profundamente humanas, he visto personas que contienen el llanto para no preocupar a quienes aman, que silencian el cansancio para continuar cuidando o que intentan mostrarse serenas, mientras internamente viven una tormenta emocional. Algunas sienten que derrumbarse sería perder el control; otras creen que detenerse significaría fallarle a quienes dependen de ellas. Entonces continúan funcionando desde la exigencia, aun cuando emocionalmente se sienten agotadas.
Pero el dolor que no se expresa no desaparece. El cuerpo también vive el duelo.
Desde la neuropsicología sabemos que cuando una persona permanece durante largos periodos intentando contener o silenciar sus emociones, el cerebro se mantiene en un estado constante de alerta. El cortisol, relacionado con las respuestas de estrés, permanece elevado y el organismo empieza a funcionar desde la tensión y la supervivencia emocional. Con el tiempo, aquello que no encuentra palabras, termina manifestándose físicamente: ansiedad, insomnio, irritabilidad, agotamiento, dificultades de concentración, sensación de vacío o un cansancio profundo que muchas veces no logra explicarse únicamente desde lo físico.
He visto personas sostener tanto dolor en silencio que olvidan incluso cómo descansar. Y quizás una de las partes más difíciles del duelo aparece precisamente allí: cuando el cuerpo y las emociones ya no pueden continuar sosteniéndose únicamente desde la obligación de “ser fuertes”.
Es entonces cuando comienza un aprendizaje profundamente humano: permitirse sentir.
Permitirse llorar hasta desgarrar el alma. Permitirse sentir rabia frente a la vida, frustración, cansancio o incluso hacerse preguntas existenciales para las cuales no siempre existen respuestas. Porque el duelo también confronta nuestra necesidad de control, nuestra idea de justicia y muchas veces nuestra propia identidad.
Sin embargo, cuando una persona empieza a darse ese permiso emocional, también puede aparecer la culpa. Culpa por detenerse, por necesitar ayuda, por sentirse agotada o simplemente por querer descansar. Muchas personas sienten que no hay tiempo para vivir el dolor porque deben continuar cuidando, resolviendo o sosteniendo a otros.
Durante mucho tiempo creemos que ser fuertes significa no llorar, no quebrarnos, no mostrar aquello que sentimos. Pero con el tiempo, el duelo enseña algo distinto: guardar el dolor en silencio no evita el sufrimiento; solamente lo silencia momentáneamente mientras el cuerpo y la mente continúan cargándolo.
Comprender con compasión, quizás significa reconocer que detrás de cada rol existe una persona humana que también necesita ser cuidada. No importa la posición que alguien ocupe dentro de la familia, la comunidad o el entorno profesional. Detrás del liderazgo, del cuidado o de la aparente fortaleza, sigue existiendo alguien vulnerable, alguien que también siente miedo, tristeza, rabia o incertidumbre.
He aprendido que cuando dejamos de luchar constantemente contra lo que sentimos, comenzamos también a comprendernos de una manera diferente. Aparece más compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Incluso desarrollamos una capacidad más genuina de “estar en el lugar del otro”, no únicamente desde el deber de acompañar, sino desde la sensibilidad que nace de haber reconocido nuestro propio dolor.
Después del sufrimiento también puede surgir bienestar. No porque el dolor desaparezca completamente, sino porque el cerebro y las emociones empiezan a reorganizarse de otra manera. La persona aprende a identificar sus necesidades emocionales, a construir estrategias de afrontamiento, a reconocer sus límites y a comprender que el autocuidado no es egoísmo, sino una necesidad profundamente humana.
Poco a poco el cuerpo también empieza a pedir algo diferente: descanso, calma, espacios propios, pausas necesarias. La mente deja de luchar constantemente contra las emociones y aparece la posibilidad de respirar con menos culpa, de sonreír nuevamente, de sentirse acompañado y de habitar el dolor con menos juicio.
Del duelo he aprendido que las emociones no pueden controlarse ni juzgarse. Cada emoción trae consigo una historia, un vínculo y una necesidad de ser escuchada. Comprender con compasión no elimina el dolor, pero sí transforma la manera en que nos relacionamos con él.
Quizás una de las enseñanzas más profundas del duelo, es entender que sentir no nos hace débiles. Sentir, también puede ser una forma de cuidarnos, de reconocernos humanos y de acompañarnos con más amor y compasión en medio de la pérdida.
Tal vez el duelo no nos enseña a dejar de doler, sino a mirarnos con más humanidad, permitirnos sentir sin miedo y comprender que, incluso en medio de la pérdida, seguimos necesitando cuidado, compasión y amor.
