Por: Wagner Solórzano Morera
Lic. en Psicología
Terapeuta Gestáltico
Coach Ontológico
Tanatólogo
La inteligencia artificial hoy puede recrear la voz, el rostro e incluso simular una conversación con una persona que ha fallecido. Pero surge una pregunta inevitable: ¿está preparado nuestro cerebro para diferenciar entre un recuerdo auténtico y una presencia recreada mediante inteligencia artificial?
Hace apenas unos años esto parecía imposible. Hoy basta una fotografía, algunos videos y una grabación de voz, para crear una versión digital sorprendentemente realista de una persona fallecida. La inteligencia artificial es capaz de hacer que vuelva a sonreír, pronuncie nuestro nombre e incluso sostenga una conversación.
Para algunas personas representa una forma de preservar el recuerdo de quien ha fallecido; para otras, una posibilidad de aliviar el dolor que produce la ausencia. Sin embargo, desde la psicología y la neurociencia, surge una pregunta que merece ser analizada con profundidad:
¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando una persona fallecida «regresa» gracias a la inteligencia artificial?
Uno de los principales desafíos del duelo consiste en que el cerebro logre integrar una realidad extremadamente difícil: la persona que amamos, ya no volverá físicamente. Aunque racionalmente sabemos que ha fallecido, nuestro sistema nervioso puede tardar semanas, meses e incluso años en reorganizar las redes neuronales que anticipaban su presencia.
Por eso, muchas personas continúan esperando escuchar sus pasos, sienten que entrará por la puerta o, incluso, toman el teléfono con el impulso de llamarla. Estas experiencias no corresponden a un proceso de negación; forman parte del proceso normal de adaptación del cerebro humano frente a la pérdida.
La neurocientífica Mary-Frances O’Connor (2022), explica que el cerebro mantiene durante largo tiempo los mapas neuronales construidos alrededor de las personas significativas. El proceso de duelo implica actualizar lentamente esos mapas para adaptarse a una nueva realidad. Como señala la autora, el duelo también es un proceso de aprendizaje, ya que el cerebro necesita comprender una realidad que contradice años de experiencias compartidas con la persona fallecida.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando observamos un video hiperrealista donde nuestro ser querido vuelve a hablar, sonreír o mover los labios?
Desde una perspectiva neurocognitiva, el cerebro recibe información contradictoria. Por un lado, la memoria reconoce que la persona ha fallecido; por otro, los sistemas perceptivos procesan una imagen y una voz extraordinariamente realistas que parecen indicar lo contrario.
Este conflicto podría favorecer procesos de confusión emocional o dificultar, en algunas personas, la adaptación progresiva a la ausencia, especialmente durante los primeros meses del duelo. Esto no significa que todas las personas reaccionen de la misma manera; sin embargo, plantea importantes interrogantes sobre el momento adecuado y la frecuencia con la que este tipo de tecnología debería utilizarse.
Es importante señalar que el riesgo no reside en la inteligencia artificial como herramienta, sino en el uso que se haga de ella cuando comienza a sustituir el proceso natural de adaptación a la pérdida.
El Modelo del Proceso Dual del Duelo, propuesto por Stroebe y Schut (1999), explica que una adaptación saludable requiere alternar momentos de confrontación de la pérdida con momentos de reconexión con la vida cotidiana. Es precisamente ese movimiento pendular el que permite elaborar el duelo, sin quedar atrapados únicamente en el dolor.
Cuando una persona utiliza de manera constante recreaciones digitales para sentir que el fallecido «sigue aquí», puede dificultar la reorganización emocional necesaria para aprender a vivir sin su presencia física. Y no se trata de olvidar. Se trata de aprender una nueva forma de amar.
Otro aspecto que merece reflexión, aparece con las plataformas, capaces de responder mensajes, simulando la personalidad del fallecido. Para muchas personas, estas conversaciones pueden resultar profundamente reconfortantes. Sin embargo, también existe el riesgo de desarrollar una dependencia emocional hacia una representación artificial, que nunca podrá sustituir la complejidad de una relación humana auténtica El duelo necesita aceptar la ausencia. No eliminarla.
Desde la neurociencia, la memoria, es otro aspecto especialmente relevante, ya que es un proceso reconstructivo. Cada vez que recordamos una experiencia, nuestro cerebro no recupera una copia exacta de lo ocurrido, sino que reconstruye ese recuerdo, pudiendo incorporar nueva información o modificar algunos de sus detalles.
Por ello, la exposición repetida a recreaciones generadas mediante inteligencia artificial, podría influir en la forma en que algunas personas reconstruyen los recuerdos de su ser querido, especialmente cuando estas imágenes o conversaciones son altamente realistas.
En consecuencia, algunos recuerdos podrían enriquecerse con elementos que nunca ocurrieron realmente, dificultando diferenciar entre experiencias vividas y recreaciones digitales.
Quizá una de las mayores enseñanzas del duelo, consiste en comprender que las personas no permanecen porque podamos seguir viendo su imagen o escuchando su voz. Permanecen, porque transformaron nuestra manera de vivir. Su voz vuelve, cuando recordamos un consejo. Su ternura reaparece, cuando abrazamos a alguien como ellos lo hacían. Su amor continúa presente en nuestras decisiones, nuestros valores y en la forma en que seguimos viviendo.
Y ese legado no necesita algoritmos. Necesita memoria. Necesita significado. Necesita amor. Porque el verdadero legado no se encuentra en una imagen generada por un algoritmo, sino en la huella que esa persona dejó en nuestra historia.
La inteligencia artificial abre posibilidades extraordinarias para restaurar fotografías antiguas, preservar voces y conservar parte del patrimonio emocional de nuestras familias. Sin embargo, cuando hablamos del duelo, debemos avanzar con prudencia.
El cerebro humano necesita tiempo para aceptar la ausencia, reorganizar sus vínculos y construir una nueva relación con quien ya no está físicamente.
Quizá el desafío no sea preguntarnos si la inteligencia artificial puede devolvernos a quienes hemos perdido.
La verdadera pregunta radica en si la inteligencia artificial realmente nos ayuda a sanar o si retrasa el aprendizaje de vivir con una ausencia que, aunque duela profundamente, puede transformarse en un amor que permanece. Tal vez el mayor desafío no sea volver a escuchar su voz, sino reconocer que nunca dejó de hablarnos. Porque quienes amamos siguen viviendo en sus enseñanzas, en los recuerdos que atesoramos y en el amor que sembraron en nuestro corazón.
Referencias
American Psychiatric Association. (2023). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto revisado; DSM-5-TR). Editorial Médica Panamericana.
Klass, D., Silverman, P. R., & Nickman, S. L. (1996). Continuing bonds: New understandings of grief. Taylor & Francis.
O’Connor, M. F. (2022). The grieving brain: The surprising science of how we learn from love and loss. HarperOne.
Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with bereavement. Death Studies, 23(3), 197-224.
Nota del autor: Este artículo no pretende descalificar el uso de la inteligencia artificial en el contexto del duelo. Su propósito es invitar a la reflexión sobre las posibles implicaciones psicológicas y neurocognitivas, promoviendo un uso responsable, ético y respetuoso de la tecnología en los procesos de pérdida y adaptación.
