Por: Beatriz López
Queridos amigos y amigas:
Esta reflexión que hoy comparto, a mis 78 años, nace desde lo más profundo de mi corazón. Cuando miro hacia atrás y recorro mi historia, descubro que el miedo ha acompañado muchos de mis pensamientos y decisiones a lo largo de mi vida.
Antes de la muerte de mi hijo Hugo Alejandro, el miedo limitó muchas cosas: palabras que nunca dije, decisiones que no me atreví a tomar, sueños que dejé pasar y momentos en los que permití que el temor al dolor fuera más fuerte que mi propia libertad. Cuántas veces mi conciencia me indicaba un camino, pero el miedo me detenía.
Luego, la vida me enfrentó con el dolor más grande de mi existencia. A mis 41 años, la muerte de mi hijo rompió todas mis seguridades y me obligó a mirar de frente aquello que siempre había intentado evitar. Entonces aparecieron los interminables “si hubiera…”, desfilando ante mí para culparme, empequeñecerme y hacerme sentir insuficiente.
Y, sin embargo, hoy puedo decir algo que jamás imaginé: agradezco profundamente a ese dolor, haberme obligado a enfrentar mis temores, porque comprendí que el miedo, por fuerte que este hubiera sido, no habría podido evitar la muerte de mi hijo. Comprendí que, por mucho que intentemos protegernos, la vida seguirá siendo frágil, incierta y profundamente humana. Si algo he aprendido en este camino, es a aceptar la vida tal como es: luminosa y dolorosa al mismo tiempo. He aprendido a sentir plenamente, tanto la alegría como el sufrimiento que acompañan nuestra existencia.
Hace poco volví a vivirlo con la muerte de mi “perrito nieto”. Yo sabía que ese momento llegaría y sabía también que me dolería profundamente. Pero esta vez ocurrió algo diferente: ya no experimenté miedo de sentir.
Pude llorar con libertad.
Pude expresar mi tristeza sin avergonzarme.
Pude escuchar con serenidad a quienes me decían: “ya estaba viejito y enfermo”, y responder desde el corazón:“Todo eso lo sé… pero duele”. Porque el duelo es profundamente personal. Nadie siente exactamente como siente otro ser humano y entender eso, también es una forma de libertad.
Claro que sigo teniendo miedo de volver a experimentar dolores semejantes. Creo que eso nunca desaparece del todo cuando se ha amado profundamente. Pero ahora también sé algo más importante: cuando llegue nuevamente el dolor, podré vivirlo sin esconderme de mí misma, sin preocuparme tanto por el “qué dirán”, y con la serenidad de saber que sentir no me hace débil… me hace humana. Incluso, de alguna manera, este aprendizaje me ayuda a vivir más plenamente el presente. A disfrutar más intensamente lo que aún tengo. A abrazar con gratitud a quienes amo. Y también a enfrentar con mayor valentía los momentos difíciles que inevitablemente traerá la vida.
