DUELO Y EMOCIONES – SENTIR SIN MIEDO.

Por: Dr. Hugo Castelblanco

Hay dolores que llegan como una tormenta. Irrumpen sin pedir permiso y cambian para siempre el paisaje interior de una persona. La muerte de un ser amado, una separación profunda, la pérdida de la salud, de un proyecto o de una parte importante de nuestra vida, pueden dejarnos desorientados, vulnerables y llenos de preguntas.

Sin embargo, quizá una de las heridas más difíciles no proviene solamente de la pérdida misma, sino del miedo a sentir lo que esa pérdida despierta en nosotros.

Muchas personas llegan al duelo intentando contenerlo todo: “No debo llorar tanto.” “Debo ser fuerte.” “No puedo derrumbarme.” “Ya debería estar mejor.” Y entonces comienza una lucha silenciosa: la batalla contra las propias emociones.

Pero el duelo no es un enemigo que deba ser vencido. Es una experiencia humana que necesita ser comprendida, transitada y resignificada. Sentir no es fracasar. Sentir es estar vivo y sentir el dolor profundo de un duelo, es el pago justo por haber amado y continuar amando.

El duelo no es una enfermedad

Durante mucho tiempo se pensó que el sufrimiento emocional debía evitarse o corregirse rápidamente. Sin embargo, las investigaciones contemporáneas sobre el duelo, especialmente las desarrolladas por George Bonanno, han mostrado algo profundamente esperanzador: los seres humanos poseemos una enorme capacidad natural de adaptación y resiliencia. Esto no significa que el dolor no exista. Significa que el dolor no necesariamente destruye. Bonanno observó que muchas personas, aun atravesando pérdidas devastadoras, logran continuar viviendo, trabajando, amando e incluso riendo. Y esto no las hace frías, insensibles o “mal dolientes”. Simplemente muestra que el duelo humano es mucho más diverso y flexible de lo que durante años se creyó.

No existe una única forma correcta de vivir el duelo.

Algunas personas lloran intensamente, otras permanecen en silencio. Algunas necesitan hablar constantemente, otras requieren largos espacios de soledad. Hay quienes sienten alivio mezclado con tristeza e incluso hay momentos de alegría en medio del dolor, y todo ello puede ser normal. El problema aparece cuando comenzamos a juzgar nuestras emociones como si fueran peligrosas o indebidas.

Las emociones no vienen a destruirnos

En nuestro libro Selva de Emociones, hemos insistido en una idea fundamental: las emociones no son enemigas del ser humano. Son señales adaptativas que intentan ayudarnos a comprender lo que estamos viviendo. El miedo nos alerta, la tristeza nos invita a detenernos y recoger aquello que amamos, el enfado protege nuestros límites y denuncia lo injusto, la sorpresa intenta reorganizar el mundo, cuando algo inesperado ocurre. Incluso el desagrado puede protegernos de aquello que sentimos invasivo o insoportable. Las emociones no aparecen “porque sí”. Aparecen porque algo importante está ocurriendo en nuestra vida. Por eso, el objetivo del trabajo de duelo no es “dejar de sentir”, sino aprender a reconocer, comprender y normalizar aquello que sentimos.

Cuando una emoción se reprime constantemente, suele transformarse en tensión, agotamiento o sufrimiento prolongado. En cambio, cuando puede ser expresada y comprendida, comienza lentamente a reorganizarse. Es como intentar contener el agua de un río con las manos. Cuanto más luchamos por detenerla, más presión sentimos y más fácilmente se nos escapa de entre los dedos. Pero cuando permitimos que el agua encuentre un cauce, el movimiento comienza a ordenarse.

El miedo a las emociones

Muchas veces no sufrimos únicamente por la pérdida. También sufrimos por el miedo a lo que sentimos a causa de esa pérdida. Alguien llora y piensa: “Si empiezo a llorar, no voy a parar”.

Otro, siente enfado y se asusta: “No debería sentir rabia contra la vida, contra Dios o contra los médicos”.

Otro, experimenta momentos de calma y se culpa: “¿Cómo puedo reírme si la persona que amo, murió?”

Sin embargo, las emociones humanas son dinámicas. Cambian, oscilan, avanzan y retroceden. Bonanno observó precisamente eso: las personas en duelo no permanecen todo el tiempo en el mismo estado emocional. Pueden pasar de la tristeza profunda a un momento de serenidad, luego recordar intensamente al ser amado y más tarde sentir buen humor, esperanza o incluso gratitud. Esto no significa olvidar, significa que la vida emocional sigue moviéndose. Un corazón sano no produce una línea recta en un monitor. Produce variaciones, oscilaciones y movimiento. De alguna manera, la vida emocional también funciona así.

Sentir sin miedo

Sentir sin miedo no significa disfrutar el dolor, significa dejar de pelear inútilmente contra la propia humanidad. Es comprender que llorar no nos debilita; que necesitar ayuda no nos hace menos capaces; que la tristeza no es sinónimo de enfermedad; que el amor que sentimos por quien murió, sigue teniendo un lugar legítimo dentro de nosotros.

Muchas personas creen que sanar implica dejar atrás completamente al ser amado. Pero el duelo sano no exige borrar el vínculo. Exige transformarlo. La relación cambia, pero el amor puede permanecer de nuevas maneras. A veces en una fotografía, en una receta familiar, en una canción, en una costumbre heredada, en una frase que seguimos diciendo o en una forma nueva de mirar la vida. El duelo no consiste únicamente en despedirse. También consiste en aprender a habitar el mundo de otra manera.

La tristeza como puente

Con frecuencia tememos, especialmente, a la tristeza. Y, sin embargo, quizá la tristeza sea una de las emociones más profundamente humanas. La tristeza desacelera el mundo y nos obliga a mirar hacia adentro, al tiempo que nos permite reconocer el valor de aquello que perdimos. Pero la tristeza también puede convertirse en un puente. En muchas ocasiones, después de atravesar sinceramente la tristeza, comienzan a aparecer lentamente recuerdos cálidos, gratitud, ternura e incluso nuevas formas de alegría. No una alegría superficial o ingenua, sino una alegría más humilde y profunda: la alegría de haber amado.

Es como un bosque después de una tormenta. Al principio solo vemos ramas rotas, barro y oscuridad; pero poco a poco, la tierra removida comienza también a permitir nuevos brotes. El dolor cambia el paisaje interior, sí, pero no necesariamente destruye toda posibilidad de vida.

Humanizar el duelo

Quizá una de las tareas más importantes de nuestra época sea volver a humanizar el sufrimiento. Esto supone, no exigir procesos perfectos. No imponer calendarios emocionales. No convertir el dolor humano en una falla que debe corregirse rápidamente. El duelo no necesita héroes invencibles, necesita personas acompañadas. Personas que puedan decir: “Esto me duele.” “Estoy confundido.” “Hoy no tengo fuerzas.” “Necesito hablar,” o, “Simplemente necesito silencio”.

El duelo necesita también personas capaces de escuchar sin apresurarse a corregir el dolor del otro, porque muchas veces la verdadera sanación comienza cuando alguien descubre que no tiene que esconder lo que siente.

Una última reflexión

El trabajo de duelo no consiste en dejar de amar a quien murió, sino en aprender a seguir viviendo, llevando ese amor de una manera distinta. Así, quizá, poco a poco, descubramos algo profundamente humano: Que las emociones no vienen a destruirnos, vienen a ayudarnos a atravesar aquello que parecía imposible de atravesar. Por eso, en medio del duelo, sentir no debe ser motivo de vergüenza ni de miedo. Sentir es la manera en que el alma intenta reorganizar el amor cuando la vida cambia para siempre.

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