Por: Psico. Milena Casas
@psicologa_milena.casas (Instagram – Youtube)
ps.casascastromilena@gmail.com
“Este texto no es un artículo científico. Es una carta de duelo escrita en dos tiempos: el primero, mientras mi perro envejecía y, el segundo, después de su muerte. Lo comparto para honrar a Merlín y para que quien esté atravesando una pérdida similar, se sienta acompañado/a”.
sta vez, este escrito no es un artículo académico, sino algo que habla de mi propio dolor. Merlín, mi perro, murió el pasado 25 de mayo a las 7:37 am. Recibimos la noticia a través del chat de la veterinaria. Luego de una hospitalización por una pancreatitis, Merlín había pasado muy mala noche y cuando mi esposo y yo habíamos tomado la decisión de aplicarle la eutanasia compasiva, nos escribieron para notificarnos que había tenido un paro cardiorrespiratorio.
Hace dos años atrás, un día cualquiera, decidí escribir esta carta, Merlín había empezado a envejecer y ya se hacía evidente. Yo aún estaba en negación, porque para mí siempre fue un cachorro; pero mi esposo si lo decía en voz alta y señalaba como el tiempo estaba pasando rápidamente. Mi esposo y yo solíamos tener la conversación de la vejez de nuestro perro. Cómo queríamos llevarla y lo que significaría para nosotros esta nueva etapa. Fue entonces, cuando decidí escribir esta carta en el 2024, palabras que hoy comparto con ustedes.
Quiero aclarar, que el último párrafo de ésta, fue escrito posterior a su muerte.
Querido Merlín:
Hoy, mientras te observaba dormir con esa paz que solo los sabios o los muy cansados consiguen alcanzar, me di cuenta de que tengo la necesidad de escribir estas palabras para ti. Sé que no las va a leer, pero de alguna manera siento que esto que escribo ya lo sabes; porque mi querido compañero de cuatro patas y sin cola, tú lo conoces todo de mí.
No soy mamá; no pude serlo y eso ya lo sabes. Aunque Juli y yo lo intentamos y hasta cierto punto lo buscamos, no lo logramos. Y digo «hasta cierto punto», porque durante mucho tiempo me cuestioné, y aún lo hago, si realmente lo deseaba con suficiente fuerza y convicción. Pero, en esos ires y venires de una pareja que busca el sueño de ser padres, llegaste tú, como llegan muchos hijos a un matrimonio: sin ser planeado, pero muy deseado.
En nuestra vida de pareja nunca nos habíamos planteado la posibilidad de tener un perro. Vivíamos en un apartamento arrendado, en donde no estaba permitido tener animales. Un día, alguien ofreció regalarnos un perrito Shih Tzu. Su perra había tenido crías y querían dejarlas en buenas manos. Nos preguntó si lo queríamos, y como era algo que nunca nos habíamos formulado, decidimos buscarle un hogar a ese perrito. Fue así como conseguimos una familia con una niña que sabíamos iba a disfrutar mucho de su compañía. Fuimos a recoger a ese perrito y antes de entregarlo a sus nuevos dueños, pasó una noche con nosotros. Obviamente ese perro no eras tú, era tu hermano Tango; pero fue Tango quien despertó en mí el deseo de adoptar un perro. Siempre tuve perros en mi casa y Juli también, pero contigo todo fue diferente. Con ese deseo que creció en mí, hablamos con quien recientemente nos había dado a Tango y le dijimos que, si su perrita volvía a tener crías, nos tuviera en cuenta… y así fue. Un día nos dieron la noticia de que tu mamá pronto tendría crías.
Durante un tiempo preparamos tu venida. Leímos libros sobre los perros de tu raza, las características, cómo cuidarlos, educarlos, etc… hasta que por fin nos llamaron; era la humana propietaria de tu mamá. Ella nos invitó a un asado, para que fuéramos por ti. Tuvimos que ir a recogerte antes de tiempo, porque tu mamá se estaba quedando sin leche y ya había matado a uno de tus hermanitos, así que era necesario separarte a ti y a tus hermanos cuantos antes. Fuimos un domingo, vimos a tu mamá con todos sus cachorros, pasamos el día allá y cuando llegó la hora de irnos, nos preguntaron: ¿cuál se quieren llevar? Entre el grupo, vimos un perrito muy tranquilo que tenía en su carita la forma de un antifaz marcado por sus pelitos oscuros. Sin duda alguna, tu belleza y personalidad fueron razones poderosas para escogerte en medio de tus hermanos. En el camino a casa, paramos donde tus abuelos perrunos para que te conocieran. Tu abuela te regaló un pantalón de pijama que era de tu abuelo, para que durmieras sobre él. Ahí, junto con ellos, elegimos tu nombre: «Merlín», como el mago sabio de barbas blancas. Luego leí que no era el nombre de un mago, sino un título que se le otorgaba al más poderoso… pero bueno, hay varias versiones al respecto.
Continuando con la historia, camino a nuestro apartamento, paramos a comprar tus cosas: tus cuencos para comer y beber y algún juguete. Finalmente llegamos a casa; pero ¡oh sorpresa!, tú que tocas el suelo de nuestro apartamento y te enfermas. Salimos de urgencia a comprar medicinas. Tenías diarrea y francamente llegamos a pensar que no lograrías pasar la noche, pero no fue así. Desde esa noche han pasado 12 años, donde tu compañía ha sido fundamental en nuestras vidas.

Nos has llenado de lindos recuerdos y aprendizajes. Cada día me sacas una sonrisa, llenas mi pecho de amor y orgullo, disfruto de tus ocurrencias y tu pereza; amo tus patas y tu nariz.
Por ti asumimos el riesgo de comprar una casa para que tuvieras jardín, ha sido todo un reto eso de tener un préstamo hipotecario; pero cuando vemos que te revuelcas en el pasto del patio, nos da mucha alegría y en algo calma la inseguridad que sentimos, al habernos embarcado en esa aventura de la casa propia. Desde que llegaste a mi vida, mi querida bola de pelos largos, brillantes y con ese particular olor a perro que no se puede describir con otra palabra que no sea «hogar», mi vida cambió por completo. No necesité un manual para entender que cada latido de tu pequeño corazón peludo estaba sincronizado con el mío, ni para saber que tu pereza matinal rivaliza con la de cualquier adolescente en día de escuela.
Quiero que sepas que nunca te vi como un hijo y eso no es algo malo. Hasta llegué a molestarme cuando algunos se atrevieron a decir que yo había decidido tener perro porque no había podido tener hijos. Me parecía ofensivo y atrevido, porque nunca fue la razón por la que te quise en mi vida. Pero, como alguna vez leí en un poema a un perro: «No eres mi hijo, pero yo sí soy tu mamá». Muy a regañadientes y con un poco de resistencia, porque de alguna manera sentía que validaba esos comentarios que me resultaban odiosos, he aceptado ese título en mi vida.
Contigo no he tenido la expectativa de que vas a ir a la universidad, que te vas a casar, ni siquiera que vas a tener hijos, porque por un tema de responsabilidad, decidimos que no tendrías crías. Tampoco tengo el sueño de que me vas a cuidar cuando envejezca, es más, sé con el corazón arrugado que es probable que mueras antes que yo.
Nunca he esperado que hagas nada por mí. Sin embargo, en tu pequeño cuerpo, con tus ojitos redondos y brillantes, tu nariz pequeña y esos dientes salidos y torcidos, me has dado amor incondicional, alegrías; me has permitido sentir orgullosa de cómo todos llegan a quererte con facilidad. Me río de tus picardías, me enojo con tus terquedades, peleo con tus vivezas como, por ejemplo, tu agilidad para saltar a la cama y robarme el lugar, justo cuando me voy a acomodar para descansar. Algo que considero digno de un atleta olímpico. He sentido angustia y miedo; como el día en que te atacó un pitbull o cuando te enfermas. Recuerdo el momento en que me dijeron que tenías un tumor en la cola. Ese día sentí miedo y mucha rabia de que esto te pasara. Pero tú, como siempre, fuerte e impávido ante las dificultades, superaste esto y muchas cosas más.
Algunas veces cuando te enfermas me he trasnochado, y aunque no soy madre, he aprendido a levantarme en medio de la noche para comprobar que estás bien, darte tus medicinas y ver que estás cómodo. He gastado más plata de la necesaria en camas y juguetes que sé que terminarás destrozando, pero igual no me importa. Has viajado con nosotros a todo lado, has sido compañía en tiempos difíciles.
Has sido espectador de mis bailes y has escuchado con atención mis quejas y preguntas, aunque ignoras mis regaños. He descubierto que se puede hablar sin palabras y que tú entiendes cada tono de mi voz, cada suspiro y cada risa. Tu inteligencia, aunque a veces selectiva, es un recordatorio constante de que la sabiduría no siempre viene en forma de libro o grandes discursos. También, me he ganado uno que otro mordisco por tu mal humor. Es tu mirada lo primero que veo al despertar y disfruto de lo largo que pueden ser tus baños. Así has llenado mis días, haciendo tus rutinas parte de las mías.
No, Merlín, no soy madre en el sentido convencional de la palabra, pero tú me has enseñado que hay muchos modos de serlo. Contigo he aprendido a esperar, a entender, a perdonar (en esto sigo trabajando) y, sobre todo, a amar sin condiciones. Nos has mostrado que el tamaño del corazón no se mide en términos de parentesco, sino en la capacidad de dar y recibir amor.
Gracias Merlín, por ser el maestro más peludo y perezoso que jamás hubiéramos podido tener. Contigo he aprendido a preocuparme por alguien diferente a mí. He aprendido a esperar, a tener paciencia -en esto también sigo trabajando- y a disfrutar de los pequeños momentos. Has enseñado a este corazón algo escéptico, que el amor, en cualquier forma, pero en especial en tu forma, tiene el poder de transformar todo lo que toca.
Gracias mi mago, bebé viejito, por enseñarnos que la familia se construye de muchas maneras. Ahora sé que, aunque no pude ser madre, contigo aprendí del amor incondicional.
Cierre (Dos años después, un 25 de mayo, escribo esto para Merlín)
Hoy, 25 de mayo de 2026, culmino este escrito, luego de algunos meses difíciles; sobre todo estos últimos 15 días, donde ya el desgaste físico de tus años y todas tus condiciones de salud, fueron acabando con tu vitalidad, hasta esta mañana que ya decidiste partir, eso sí, no sin luchar hasta el último momento.
Merlín, hoy, aunque tengo una profunda tristeza en mi corazón y un vacío inexplicable, no tengo más que palabras de agradecimiento. Tengo que confesarte que esta mañana sentí enojo contigo, porque yo quería que murieras en casa, de manera tranquila y a nuestro lado. Esto puede ser un deseo egoísta, pero ahora entiendo por qué decidiste morir lejos de casa. En estos tiempos que tu condición de salud empeoró, Juli y yo hablamos mucho contigo y te dijimos de diferentes maneras, que respetaríamos tu decisión. Te veíamos cansado y débil pero también sentíamos las ganas de siempre de vivir y estar a nuestro lado. Cuando tuvimos que llevarte al hospital, tenía mucho miedo y ayer que te fuimos a visitar, se me rompió el alma al ver que, con muy pocas fuerzas y entre tumbos, te paraste para mostrarnos tu deseo de irte con nosotros… pero esta mañana nos llamaron para indicarnos que habías pasado muy mala noche y, aunque no queríamos tomar esa decisión por ti, pensamos que era el momento de que te durmiéramos, no nos parecía justo que siguieras sufriendo.
Manteniendo la idea de que murieras a nuestro lado, Juli le escribió a la veterinaria para preguntarle si era posible hacer este procedimiento en casa. Por mi lado, yo ya te tenía tu mantica y juguete favoritos para llevártelos a la clínica, por si nos decían que no podían hacerlo en casa. Pero, a las 7:37 am tu papá recibió el mensaje de que habías fallecido. Fue un golpe que me tumbó al piso, nunca había visto llorar a tu papá así. Íbamos por ti, pero ya no regresarías con nosotros a casa, al menos, no tu cuerpo físico. Hoy, aparte de todo lo vivido y un montón de fotos, me queda un mechón de pelo y la marca de tus huellas. Pero, sobre todo, me queda el amor que por 14 años me entregaste.
Mi querido Merlín, hoy me despido de ti, va a ser difícil no tenerte, pero ya no vas a sufrir, ahora entiendo que, si te hubieras muerto en casa, habría sido más duro y doloroso para ti y para mí. Al menos sé que al estar sedado ya no tenías dolor. Ahora emprendo mi camino para aprender a vivir sin ti.
Y como te lo repetí en este tiempo y en el camino a la veterinaria: ¡Te amo!

“Si estás leyendo esto y estás en duelo por tu animal, permítete la ambivalencia. El amor no excluye el enojo ni el cansancio. Cuida lo que te queda de él (un objeto, una foto, un recuerdo) y dale un lugar visible. No para quedarte en el dolor, sino para recordar que ese amor fue real”.
