EL MIEDO DE SENTIR Y LA VALENTÍA DE PERMANECER

Por: Psico. Ofelia Laura López
Especialista en duelo, psicooncología y acompañamiento a adolescentes, adultos y poblaciones con diversidad funcional. Fundadora de Shakti- Psicología y terapias holísticas
psicologiayterapias.shakti@gmail.com – TikTok: @shakti_psicoholistica

Comprender con compasión y sentir sin miedo. Aspectos tan importantes y necesarios en el duelo… pero ¿qué significa realmente comprender con compasión y qué implica sentir de verdad?

Podemos comenzar diciendo que comprender no siempre significa tener respuestas. A veces comprender es simplemente permanecer al lado del dolor sin intentar apagarlo, minimizarlo o apresurarlo. Y la compasión nace justamente ahí: en la capacidad de acompañar el sufrimiento con humanidad. No desde la lástima, sino desde la empatía profunda. Desde ese lugar que nos permite mirar el dolor propio y ajeno sin juicio.

Sentir, en cambio, implica algo mucho más difícil de lo que solemos imaginar. Requiere detenernos, hacer una pausa, reconocer lo que nos atraviesa y aceptar que hay experiencias que transforman nuestra vida para siempre y justo ahí aparece el miedo: una emoción totalmente natural y muchas veces necesaria.

Nuestro cerebro está diseñado para protegernos de aquello que se percibe como amenaza. Por eso, frente a pérdidas significativas, el cuerpo y la mente activan mecanismos de supervivencia para evitar el colapso emocional. El sistema nervioso entra en estado de alerta, regula las emociones y muchas veces genera una especie de anestesia emocional temporal.

Por eso, durante los primeros días de un duelo, muchas personas describen la sensación de vivir dentro de una burbuja. Todo parece lejano, irreal, confuso. Algunas personas incluso se sorprenden porque no pueden llorar inmediatamente o porque sienten una aparente calma frente a algo devastador.

No es frialdad.

No es indiferencia.

Es supervivencia emocional.

El cerebro humano es extraordinario. Frente a una muerte, una separación, una enfermedad o cualquier pérdida importante, no libera todo el dolor de golpe. Lo hace poco a poco, en la medida en que podamos procesarlo sin quebrarnos por completo.

Sin embargo, vivimos en una sociedad que tiene muy poca tolerancia al dolor, tanto propio como ajeno. Nos cuesta acompañar el sufrimiento porque nos confronta con nuestra propia vulnerabilidad y con aquello que no podemos controlar ni solucionar. 

Así nacen frases cliché que , aunque muchas veces tienen la intención de ayudar, terminan invalidando profundamente la experiencia emocional de quien atraviesa un duelo.

Pareciera que sentir demasiado fuera sinónimo de debilidad.

Como si el dolor tuviera una fecha límite de duración.

Como si llorar incomodara tanto que hubiera que esconderlo rápidamente.

Y es ahí donde muchas personas empiezan a huir de lo que sienten: algunas se llenan de trabajo, responsabilidades, actividades, ruido o distracciones constantes. Otras adoptan una fortaleza aparente que no necesariamente nace de la sanación, sino del miedo a detenerse y encontrarse con el vacío que deja la pérdida.

Porque el silencio, muchas veces, confronta.

Confronta la ausencia. Confronta la realidad.

Confronta aquello que intentamos evitar durante el día.

Sin embargo, el dolor evitado no desaparece. Solo espera. Y suele aparecer con más fuerza cuando las luces se apagan, cuando el cuerpo finalmente se agota y el silencio deja de distraernos.

El miedo a sentir puede ser tan intenso, que intentamos convencernos de que estamos bien, antes de realmente estarlo. Porque aceptar una pérdida implica aceptar también que nuestra vida cambió y que la realidad ya no volverá a ser exactamente como antes.

Esa es una de las partes más difíciles del duelo: comprender que no solo perdemos a alguien o algo, sino también una versión de nosotros mismos y de la vida que conocíamos.

El duelo rompe rutinas, proyectos, seguridades y expectativas. Nos obliga a reconstruirnos emocionalmente desde un lugar desconocido.

Y en medio de ese proceso aparece la pregunta:

“¿Ǫuién soy sin esa persona, sin ese vínculo, sin esa realidad?”

El duelo no es únicamente tristeza. También puede traer miedo, culpa, enojo, ansiedad, confusión e incluso agotamiento físico; porque el dolor emocional no ocurre solamente en la mente; también habita el cuerpo.

Por eso muchas personas en duelo experimentan presión en el pecho, alteraciones del sueño, cansancio extremo, dolores musculares, dificultad para concentrarse o sensación constante de vacío. El sistema nervioso permanece durante mucho tiempo en estado de tensión y alerta, intentando adaptarse a una realidad que todavía resulta difícil de comprender.

Y aunque muchas veces queremos escapar del dolor porque creemos que sentirlo nos destruirá, ocurre algo importante: aquello que se siente y se procesa puede transformarse

El duelo se parece mucho a una herida física. Para sanar, una herida necesita ser limpiada… y eso duele. Sabemos que muchas veces los postoperatorios pueden ser incluso más dolorosos que el procedimiento en sí. El cuerpo requiere cuidado, paciencia y tiempo para recuperarse. Para reconstruirse.

Con el duelo ocurre algo similar. La recuperación emocional implica que la mente, el cuerpo y el alma aprendan lentamente a habitar una nueva realidad. No desde el olvido, sino desde la integración de la pérdida dentro de la propia historia.

Porque sanar no significa olvidar ni dejar de amar.

Sanar implica aprender a convivir con la ausencia sin abandonarnos a nosotros mismos en el proceso. Implica darle una nueva forma a nuestros días y descubrir que, incluso después del dolor, la vida puede volver a tener significado.

Y quizá ahí aparece una de las preguntas más importantes:

¿En qué momento empezamos a mirarnos con compasión?

Tal vez empieza cuando dejamos de pelearnos con nuestras emociones. Cuando entendemos que llorar no nos hace débiles. Cuando dejamos de compararnos con el proceso de otros. Cuando dejamos de exigirnos “superarlo rápido”.

La compasión también implica permitirnos descansar.

Pedir ayuda.

Reconocer nuestros límites. Entender que algunos días sobrevivir ya es suficiente.

Y también implica perdonarnos.

Perdonarnos por aquello que no pudimos hacer diferente.

Por las palabras pendientes. Por los errores cometidos.

Por no haber sabido cómo actuar en determinados momentos.

Porque el duelo no necesita perfección. Necesita humanidad.

Y aunque atravesarlo da miedo, sentir el dolor no significa quedarnos atrapados en él. Significa darle un espacio para ser escuchado, comprendido y transformado.

Tal vez la verdadera sanación comienza cuando dejamos de huir de lo que sentimos y empezamos a acompañarnos con la misma compasión con la que acompañaríamos a alguien que amamos profundamente.

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