El arte de acompañar sin cargar. Estar presentes, respetar el proceso y confiar en los recursos del otro

Por: MAD.EB Shirley Núñez Abarca
Profesional en Orientación
shirleyna30@gmail.com

El duelo es la palabra correcta que nos permite acercarnos a una de las experiencias más profundamente humanas, por ende dolorosa, pero también nos hace reflexionar en ese sentido de vida que debemos reforzar diariamente después de una pérdida. Cuando una persona significativa ya no está terrenalmente, esta pérdida puede transformar nuestra manera de comprender la vida, las relaciones, el futuro e incluso nuestra propia identidad. Frente al dolor de alguien que atraviesa una pérdida, suele aparecer un deseo genuino de ayudar. Sin embargo, acompañar no significa eliminar el sufrimiento, encontrar respuestas para todo, ni asumir como propio el dolor ajeno. Acompañar significa estar presentes desde el respeto, reconocer la individualidad del proceso y aprender a cuidar, sin cargar. 

El presente artículo va dirigido a entender el duelo como una experiencia individual, entender a esa persona que aún pasado ya algún tiempo el duelo, puede derrumbarse, pero también busca entender que, cuando se busca cuidar a una persona doliente, no necesariamente la ayuda está en cargar todo el proceso del otro, sino que, contrariamente a lo que se puede esperar, quien acompaña tiene la enorme tarea de verse asimismo como una persona que merece cuidado.

Finalmente, desde una experiencia propia de vida, se puede entender que acompañar, no es salvar a la persona de enfrentar el proceso de duelo: es reforzar lo que significa confiar; estar, sin invadir y cuidar, sin desaparecer. 

El duelo: una experiencia individual, no una receta

Cuando somos conscientes de la experiencia individual que cada persona experimenta al enfrentar un duelo,  comprendemos que no existe una única manera correcta de vivirlo. Es por eso que Neimeyer, R. (2001), propone entenderlo como un proceso de reconstrucción de significado. Una pérdida importante puede alterar la historia que la persona había construido acerca de sí misma, de sus relaciones y de su futuro; por ello, parte del proceso consiste en reconstruir significados que permitan integrar la pérdida dentro de la propia historia.

Esta perspectiva resulta especialmente importante para quien acompaña: no corresponde imponer a la persona una manera determinada de vivir su dolor. Algunas personas necesitan hablar constantemente de quien murió; otras prefieren el silencio. Algunas lloran; otras encuentran alivio en el trabajo, la espiritualidad, la familia o las actividades cotidianas, es por eso que estas diferencias no determinan cuánto se amó, ni cuánto duele la ausencia.

William Worden,(2009), desde su propuesta de las tareas del duelo, también plantea una comprensión activa del proceso: aceptar la realidad de la pérdida, trabajar las emociones asociadas, adaptarse a un mundo en el que la persona fallecida ya no está físicamente y encontrar una conexión duradera con ella, mientras se continúa viviendo. Estas tareas no deben entenderse como una secuencia rígida, sino como procesos que cada persona desarrolla de acuerdo con su historia y circunstancias.

Por ello, acompañar desde el respeto, significa evitar expresiones como: “ya deberías estar mejor”, “tienes que ser fuerte”, “no llores” o “debes superarlo”. El duelo no tiene un cronómetro universal.

Cuando alguien se derrumba

Hay momentos en que el dolor parece superar temporalmente los recursos emocionales disponibles. La persona puede llorar desconsoladamente, expresar enojo, miedo, culpa, confusión o decir sencillamente: “No puedo más”. Quien acompaña puede experimentar entonces la necesidad de hacer algo inmediatamente para detener ese sufrimiento. Pero acompañar no siempre significa hacer, muchas veces significa simplemente estar. Una presencia serena, una escucha respetuosa, permitir el silencio o decir “estoy aquí contigo”, pueden constituir intervenciones profundamente humanas. Cuando alguien se derrumba, no necesariamente necesita que lo levantemos inmediatamente; quizá necesita descubrir que puede mostrarse vulnerable delante de alguien sin ser juzgado, apresurado o abandonado.

El modelo de proceso dual de Stroebe y Schut (1999), ayuda a comprender esta realidad. Los autores explican que durante el duelo existe una oscilación entre momentos orientados hacia la pérdida —recordar, llorar, extrañar o confrontar la ausencia— y momentos orientados hacia la restauración, relacionados con reorganizar la vida, asumir nuevas responsabilidades y continuar con actividades cotidianas.

Desde esta perspectiva, distraerse, sonreír o descansar temporalmente del dolor, no significa olvidar. Del mismo modo, volver a llorar después de haber experimentado días de tranquilidad, no necesariamente representa un retroceso. El duelo puede moverse, detenerse, intensificarse y dar treguas.

Cuidar sin cargar

Este principio también debe aplicarse a quien acompaña. Existe una diferencia importante entre empatizar con el sufrimiento y apropiarse de él. Podemos escuchar sin convertirnos en responsables de resolver; podemos sostener emocionalmente durante un momento, sin asumir que debemos sostener permanentemente.

La propuesta de Stroebe y Schut permite comprender que incluso la persona doliente necesita espacios de descanso respecto del dolor, necesita espacios consigo misma, donde su única compañía es su propio ser. De manera semejante, quien acompaña, necesita reconocer sus propios límites. Acompañar durante un duelo no exige disponibilidad emocional permanente, ni cargar las emociones que el otro no puede sostener; por ende, podríamos resumirlo en una frase: “Puedo caminar a tu lado, pero no puedo caminar por ti”.

Esto adquiere particular importancia para familiares, amistades y profesionales de ayuda. Cuando creemos que debemos solucionar cada crisis, responder siempre o evitar que la otra persona vuelva a experimentar tristeza, podemos terminar emocionalmente agotados. De ahí, la importancia de establecer  límites, sin que esto  signifique abandonar. Cuidarnos también forma parte de una relación de ayuda responsable.

Una reflexión desde mi propia experiencia: aprender que acompañar no es salvar

Este tema también me invita a mirar mi propia experiencia. Desde mi historia personal y profesional, he comprendido que cuando una persona que apreciamos se derrumba, nuestra primera reacción puede ser querer levantarla rápidamente. Queremos encontrar las palabras adecuadas, disminuir su sufrimiento y hacer algo que le devuelva la tranquilidad.

Con el tiempo he aprendido que hay dolores que no necesitan ser corregidos: necesitan ser escuchados y respetados. También he comprendido que acompañar a alguien, no significa olvidarme de mí misma. Puedo escuchar, abrazar, orientar, permanecer cerca y ofrecer mis recursos, pero necesito reconocer dónde termina mi responsabilidad y dónde comienza el proceso que únicamente la otra persona puede transitar.

La perspectiva de Neimeyer, (2001), tiene para mí un significado especial en este punto. Si el duelo supone reconstruir significados, nadie puede realizar completamente esa reconstrucción por otra persona. Podemos acompañarla mientras intenta comprender qué significa ahora su pérdida, quién es después de ella y cómo continuará escribiendo su historia.

Esta comprensión ha transformado mi manera de entender el acompañamiento: no necesito tener todas las respuestas para estar presente. También me ha permitido comprender que quien acompaña necesita cuidarse, porque estar disponible emocionalmente para otras personas, requiere reconocer nuestros propios límites, emociones y necesidades. No se trata de alejarnos del dolor ajeno, sino de acercarnos sin perdernos dentro de él.

Acompañar también significa confiar

Existe otra dimensión importante y necesaria de conocer: es el confiar en los recursos de la persona que atraviesa el duelo. Worden (2009), plantea a la persona doliente como participante activa de su proceso. Esta mirada permite comprender que acompañar no consiste en sustituir sus capacidades, sino en favorecer que progresivamente vuelva a reconocerlas.

Podemos ofrecer escucha, facilitar redes de apoyo, acompañar silencios y favorecer la búsqueda de ayuda profesional cuando sea necesaria. Pero también debemos permitir que la persona recupere su autonomía.

El objetivo no necesariamente será volver a ser exactamente quien era antes. Algunas pérdidas nos transforman profundamente. El desafío consiste en integrar lo ocurrido a la propia historia y encontrar nuevas formas de relacionarse con los recuerdos, con la ausencia y con una vida que continúa.

Estar sin invadir, cuidar sin desaparecer

Quizá el acompañamiento durante el duelo pueda resumirse en un delicado equilibrio, estar cerca sin invadir, escuchar sin juzgar, cuidar sin controlar, sostener sin cargar y respetar sin abandonar.

Cuando alguien se derrumba, nuestra misión no siempre consiste en reconstruirlo; podemos ofrecer un espacio seguro mientras esa persona, poco a poco y a su propio ritmo, vuelve a reconocer sus propios recursos. Neimeyer, nos recuerda la importancia de reconstruir significado; Worden, plantea tareas que permiten participar activamente en la adaptación a la pérdida y Stroebe y Schut, nos enseñan que el duelo supone un movimiento dinámico entre conectar con el dolor y reconstruir la vida.

Las tres perspectivas conducen a una misma comprensión profundamente humana, el duelo no necesita ser dirigido desde afuera; necesita ser acompañado. Tal vez por eso una de las expresiones más genuinas del cuidado pueda resumirse así: “No puedo vivir este proceso por ti, pero puedo caminar a tu lado mientras encuentras tu propia manera de atravesarlo”.

Porque acompañar no significa cargar con la historia de otra persona, significa ofrecer presencia, respeto y humanidad, suficientes para que pueda continuar escribiéndola.

Referencias bibliográficas

Neimeyer, R. A. (Ed.). (2001). Meaning reconstruction and the experience of loss. American Psychological Association.

Stroebe, M., & Schut, H. (1999). The dual process model of coping with 

bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 

197–224. https://doi.org/10.1080/074811899201046

Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: A handbook for 

the mental health practitioner (4th ed.). Springer Publishing 

Company.

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