El arte de permanecer. La presencia que acompaña sin invadir el camino del otro

Por: Mtra. Ana Laura Rosas Bucio
Psicóloga, Tanatóloga y Suicidóloga
lrosasb@hotmail.com

Después de una pérdida, hay personas que necesitan respuestas. Pero hay otras personas que no lo necesitan. Sin embargo, en esos momentos lo único que necesitamos es saber que no tendremos que atravesar el dolor en soledad.

Cuando alguien sufre una pérdida, enfrenta un diagnóstico difícil o experimenta una crisis que parece derrumbarlo todo; quienes lo rodean, suelen acercarse con la mejor de las intenciones. Aparecen frases como: “Tienes que ser fuerte”, “ya no pienses en eso”, “todo pasa por algo” o “el tiempo lo cura todo”. Son expresiones que nacen del cariño y del deseo genuino de aliviar el sufrimiento. Sin embargo, pocas personas se detienen a hacer algo mucho más difícil: permanecer.

Permanecer implica estar presentes sin apropiarnos de la experiencia del otro. Significa reconocer que hay dolores que no pueden resolverse con consejos ni desaparecer con palabras bien intencionadas. Existen momentos en los que la mayor muestra de cuidado consiste, simplemente, en ofrecer una presencia serena y confiable. Estar, solo estar, para la otra persona. 

¿Por qué nos cuesta tanto hacerlo?

Quizá porque el sufrimiento ajeno también nos confronta. Nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad, despierta la sensación de impotencia y nos enfrenta a una realidad incómoda: no siempre podemos cambiar aquello que duele. Frente a esa incomodidad, buscamos hacer algo. Hablamos, aconsejamos, proponemos soluciones, intentamos acelerar la recuperación o convencernos de que todo estará bien. Buscamos distraerlas, acelerar su recuperación o convencerlas de que el dolor debería durar menos de lo que realmente dura.

Paradójicamente, muchas veces no intentamos aliviar el dolor de la otra persona: intentamos aliviar el nuestro al verla sufrir.

Sin darnos cuenta, comenzamos a dirigir un proceso que no nos pertenece. Decimos cómo debería sentirse, cuánto tiempo debería llorar o cuál sería la mejor manera de salir adelante. Lo hacemos desde el afecto, pero también desde la necesidad de recuperar una sensación de control.

Acompañar, en cambio, requiere renunciar a esa ilusión.

Permanecer no significa quedarse inmóvil ni adoptar una actitud pasiva. Es una forma activa de cuidado. Es escuchar, antes de interpretar. Es preguntar, antes de asumir. Es respetar los silencios, cuando las palabras no alcanzan. Es comprender que cada persona construye el significado de sus pérdidas a partir de su historia, sus vínculos y sus propios recursos emocionales.

No existen calendarios universales para el dolor. Tampoco emociones correctas o incorrectas. Algunas personas necesitan hablar; otras requieren silencio. Algunas lloran con facilidad; otras permanecen en calma mientras organizan internamente lo que están viviendo. Ninguna de estas formas es, por sí misma, más saludable que otra.

Cuando imponemos un ritmo o una manera específica de elaborar una experiencia, corremos el riesgo de convertir nuestro acompañamiento en una nueva fuente de presión. Y en vez de realmente ayudar, hacemos lo contrario.

Por eso resulta tan importante distinguir entre contener y controlar. Contener no significa impedir que el otro sienta. Significa ofrecer un espacio suficientemente seguro para que pueda sentir sin miedo a ser juzgado. Es transmitir, con palabras o con la simple presencia, el mensaje de que no tiene que esconder su tristeza, su enojo, su incertidumbre o su miedo para ser aceptado.

Controlar, por el contrario, consiste en intentar regular las emociones ajenas para que resulten menos incómodas para nosotros. Es decir: “Ya no llores”, “debes ser fuerte por tus hijos”, “no pienses en eso” o “ya es momento de seguir adelante”. Aunque estas frases suelen pronunciarse con buena intención, terminan enviando un mensaje distinto: “Tu manera de vivir este dolor no es la adecuada.”

La verdadera contención no disminuye el sufrimiento; disminuye la soledad con la que ese sufrimiento se vive.

Quien atraviesa una pérdida no necesita que alguien recorra el camino por él. Necesita saber que, cuando el trayecto se vuelva oscuro, habrá una presencia capaz de caminar a su lado sin imponer el paso, sin decidir la dirección y sin exigir que llegue antes de tiempo.

Permanecer exige paciencia. También humildad. Nos recuerda que acompañar no siempre significa intervenir y que el silencio, cuando nace del respeto y de la escucha, puede convertirse en uno de los gestos más profundamente humanos.

Quizá el mayor desafío del acompañamiento no sea encontrar las palabras perfectas, sino desarrollar la capacidad de permanecer junto al dolor sin intentar borrarlo. Confiar en que las personas poseen recursos para reconstruirse y comprender que nuestra función no es sustituir su fortaleza, sino ofrecer un espacio donde esa fortaleza pueda reaparecer cuando esté lista.

Vivimos en una cultura que confunde hacer con ayudar y aquí, permanecer, puede parecer poco. En realidad, es mucho. Porque la presencia auténtica no elimina el sufrimiento, pero sí puede transformar la manera en que una persona lo atraviesa.

Acompañar no es caminar por el otro, ni empujarlo para que avance. Es tener la generosidad de caminar a su lado, respetando el ritmo con el que su corazón puede volver a ponerse de pie. 

El arte de permanecer implica estar dispuestos a respetar el tiempo, las necesidades y las emociones de los demás, sin presionar, sin huir. Permanecer es, probablemente, una de las acciones más significativas que alguien en duelo puede necesitar, y requiere de personas valientes y dispuestas a estar para los demás.

Permanecer tampoco significa que la persona permanecerá siempre en ese lugar. Al contrario. Cuando alguien encuentra una presencia segura, respetuosa y paciente, aumenta la posibilidad de que, con el tiempo, vuelva a descubrir sus propios recursos para continuar su camino. No caminamos por el otro; caminamos con él, hasta que puede volver a caminar por sí mismo.

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