EN EL CORAZÓN DE LA CHATA. Acompañar con amor

Queridos amigos:

Recuerdo esos primeros días de mi duelo, cuando no quería ni levantar la mirada. Fueron momentos en los que parecía estar suspendida en el tiempo, dentro de un espacio oscuro, extraño, carente de sentido. Había momentos en los que solo quería desaparecer, dejar de sentir tanto dolor. Pero también recuerdo los abrazos. Recuerdo las miradas llenas de amor, las manos que buscaron las mías, las personas que simplemente estuvieron allí. Y recuerdo también las frases de cajón que suelen decirse en esos momentos, algunos comentarios inoportunos y palabras que, aunque pretendían consolar, a veces terminaban doliendo un poco más. Con el tiempo aprendí a comprenderlas. Casi siempre habían sido dichas con amor, sin intención de herirme, por personas que querían acompañarme y que sencillamente no sabían cómo hacerlo, porque acompañar el dolor de otro no es fácil.

¿Qué decir frente a una persona que acaba de perder a alguien que ama?,¿con qué autoridad podemos decirle algo, si ni siquiera alcanzamos a dimensionar lo que está sintiendo? Todos somos diferentes. Y también lo son nuestros duelos.

Durante algún tiempo yo misma solía decir:

—Yo sé lo que estás sintiendo porque yo también perdí a mi hijo. Me lo mataron.

Hasta que un día comencé a preguntarme: ¿realmente sé lo que está sintiendo esa persona?

Comprendí entonces que no. Puedo acercarme a su dolor desde mi propia experiencia, puedo reconocer algo de su tristeza, de su desconcierto o de su miedo, pero nunca podré sentir exactamente lo que ella siente. Cada vínculo es diferente, cada historia de amor es única y, por eso mismo, cada duelo también lo es. A partir de estas vivencias, he aprendido algo que ha sido muy importante para mí: para acompañar no siempre necesitamos palabras.

A veces basta nuestra presencia, un abrazo que no aprisiona, una mirada que no juzga, una mano que permanece cerca, un silencio que escucha, una presencia que parece decir: Estoy aquí. No tienes que explicarme nada. En esto radica la verdadera esencia del amor.

Tal vez, acompañar sin invadir, signifique precisamente eso: acercarnos sin pretender dirigir el camino del otro. No decirle cómo debería sentirse, cuánto debería llorar o cuándo debería volver a sonreír. Estar cerca, respetando su tiempo y su manera particular de vivir el dolor.

Contener sin apagar, significa permitir que sus emociones existan. No apresurarnos a detener sus lágrimas ni intentar borrar su tristeza con frases como: “tienes que ser fuerte”, “no llores” o “debes seguir adelante”. Hay lágrimas que necesitan ser derramadas, silencios que necesitan ser respetados y preguntas que quizá no tengan todavía una respuesta.

Y, cuidar sin cargar, es amar sin creer que debemos resolver la vida del otro. Podemos caminar a su lado, ofrecerle nuestro hombro, ayudar cuando sea necesario y sostenerlo durante algún trecho; pero no podemos recorrer su camino por él.

La vida me enseñó todo esto de una manera que jamás hubiera elegido aprender.

Hubo un tiempo en que pensé que era la única madre que había perdido un hijo. Me sentía abandonada, incluso traicionada por Dios y por la vida. Después fui descubriendo cuánto dolor existe a nuestro alrededor. Comprendí algo elemental que con frecuencia olvidamos: somos seres vulnerables. Si estamos vivos, amamos; y porque amamos, también estamos expuestos a perder.

Esa comprensión fue transformando poco a poco mi mirada. Mi propio dolor comenzó a acercarme al dolor de los demás. Y entonces descubrí que la empatía no consiste necesariamente en decir “yo sé lo que sientes”. Quizá una manera más amorosa de expresarla sea: “No puedo saber exactamente lo que estás sintiendo, pero quiero estar aquí contigo”.

¡Cuántas enseñanzas puede dejarnos el dolor! Ante él se derrumban muchas de nuestras falsas seguridades. Descubrimos que no somos “superseres”, que necesitamos de los demás y que, detrás de tantas diferencias que a veces nos separan, compartimos una misma condición humana: somos frágiles, necesitamos amar y necesitamos ser amados y es a través de esta aceptación que poco a poco descubrimos que el dolor puede convertirse también en una oportunidad para aprender a amar de otra manera.

Y no siempre se necesitan grandes cosas. A veces basta disponer nuestros sentidos para escuchar verdaderamente al otro, acercarnos con respeto a su sentir, permanecer disponibles y ofrecer esperanza sin imponerla. No podemos evitarle a alguien el dolor de su duelo. Ese dolor le pertenece, porque también le pertenece el amor que lo originó, pero podemos procurar que no tenga que recorrerlo completamente solo. Podemos caminar a su lado. Entonces, algo hermoso ocurre cuando abrimos espacio para el dolor del otro, nuestro propio dolor también encuentra un cauce diferente. 

Damos amor y recibimos amor. Acompañamos y, de alguna manera, también somos acompañados. Tal vez esa sea una de las recompensas silenciosas que la vida guarda en medio de las pérdidas: descubrir que, incluso cuando no podemos cambiar lo sucedido, todavía podemos elegir estar presentes unos para otros y muchas veces, cuando alguien está sufriendo, eso es lo que verdaderamente necesita: no que le quitemos su dolor, sino que no lo dejemos solo con él.

Con mucho amor.

La Chatita.

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